Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Medio ambiente contra Evo

Gobernar es difícil. Es fácil, en cambio, olvidar esta simple constatación, a pesar de que la política de todas partes se encarga periódicamente de recordárnosla. La ordalía que está sufriendo en este momento Evo Morales en Bolivia es una elocuente ilustración de ella.

La cosa se puede plantear de la siguiente manera. Morales llegó al poder montado sobre una oleada de indignación contra el modelo neoliberal, que había garantizado en Bolivia un primoroso orden institucional, con mucha exclusión y cero crecimiento. Su discurso tenía una porción de desarrollo nacional, otra de inclusión social y otra de reivindicación de la identidad cultural. Naturalmente, sus propuestas desataron toda suerte de conflictos. Pero con el paso del tiempo empezaron a quedar claras tres cosas. Primero, en términos de desarrollo Evo logró —para sorpresa de muchos, ni me acuerdo si también mía— ser bastante competente. El pequeño milagro logrado por Evo —pasar de un escenario de estancamiento a otro de avance, en medio de grandes enfrentamientos sociales y regionales y de reformas en gran escala— ameritaría mucha más atención de la que ha recibido. ¿Estoy yendo demasiado lejos si digo que en Colombia a la derecha no le interesa rectificar el estereotipo del presidente-indio que no hace nada por la economía y la izquierda simplemente decidió desinteresarse del todo por el tema del crecimiento? Como fuere, Evo demostró que también podía obtener resultados de carne y hueso en el segundo gran punto de su agenda, la inclusión social. Impulsó —y obtuvo— una reforma agraria por referendo. Renegoció exitosamente las condiciones de inversión extranjera, especialmente minera, proponiendo básicamente más impuestos a trueque de estabilidad. Esto, a su vez, le permitió vincular incorporación y desarrollo.

Pero los éxitos en ambos frentes derivaron en problemas serios en el tercero. Esto suena, y es, un poco mecánico, pero creo que describe aceptablemente la situación. La agenda culturalista tenía dos características “sumergidas”. Por un lado, generar una cierta tensión con la poderosa central obrera boliviana, la COB, de una larguísima tradición movilizadora, rota por el gobierno de Paz Estenssoro en los ochenta, pero reactivada por las ventanas de oportunidad abiertas por un gobierno que, como el de Evo, tiene dificultades para responder a la movilización precisamente por ser hijo de ella. Por otro, ponerle toda una serie de límites a la agenda de desarrollo, en la que Evo está vitalmente interesado, no sólo por su perspectiva nacional y la necesidad de satisfacer las demandas de sus bases sociales, sino por el sistema de alianzas internacional en el que se encuentra inserto (y del que Brasil es actor principalísimo). Pero hay aún un tercer factor. De acuerdo con lo establecido por la literatura especializada, el gran peligro de los gobiernos cuando se embarcan en programas desarrollistas es que hacen del Estado un punto focal de transformación pero también de oposición, de debate y de disputa. Al poner, inevitablemente, al Estado en el centro del debate público, Evo está transitando el camino de alto riesgo/altos réditos que ha significado el colapso de numerosos modelos de gobierno y el triunfo espectacular de unos cuantos (no tan pocos como quisieran sugerir voces interesadas).

Eso es lo que se está viendo en la oleada de oposición masiva que vive ahora su gobierno en virtud de la decisión de construir una carretera, con financiación brasileña, por el Amazonas. ¿Capoteará este otro temporal? El medio ambiente le cayó encima. Pero aún tiene mucho margen de maniobra. La otra mitad del ambiente, en la que están, por ejemplo, trabajadores informales que disfrutan, después de dos décadas de sed, de las mieles de una relativa y modesta prosperidad, probablemente esté aún con él. Y la calle —la contaminada calle de cemento— es el medio natural de este curtido sindicalista indígena, ahora tornado presidente. Ya veremos.

 

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