Por: Carlos Granés

Meditación intempestiva sobre la muerte de líderes sociales

Me ocurre siempre que intento escribir algo sobre los asesinatos de líderes sociales, sobre la violencia política o sobre la violencia mal llamada común, por muy común que sea. Me basta avanzar un par de líneas para darme cuenta de lo difícil que me será abordar el tema sin caer en tópicos evidentes. ¿Qué otra cosa puede decir un opinador o un columnista sobre la muerte violenta excepto que está muy mal, que es el horror, una ignominia, el fracaso o la consecuencia de errores mil veces señalados? En otras palabras, ¿se puede decir algo inteligente u original sobre la muerte, algo que de verdad ilumine y que no repita letanías obvias o que no busque conmover, indignar o alimentar el fuego partidista?

A veces sospecho que sobre la violencia ciega no hay opinión que valga. La imagen de la víctima lo dice todo y el veredicto de un comentador, más si está lejos del lugar donde ocurren los hechos, sólo agrega palabrería, ruido. Y, sin embargo, también es verdad que el silencio resulta contraproducente. Ni la prensa ni quienes participan en el debate público pueden evadir el tema. Se debe hablar de la violencia y cada una de sus manifestaciones deben ser denunciadas; debe aparecer en los titulares y en el primer renglón de la conciencia nacional; debe convertirse en la más urgente de las prioridades; con ella debe cargar la memoria colectiva y estar siempre presente, como un indeleble y vergonzoso sello, a la hora de diseñar políticas públicas, presupuestos e intervenciones.

Pero, claro, esto no basta. Y menos cuando el gobierno empieza a hacer lo mismo; cuando empieza a comportarse como opinión pública y no como autoridad, condenando, lamentando y cayendo en el mismo lugar común para luego cambiar de tema y seguir como si nada. Nadie pierde el puesto cuando cae un líder asesinado. La violencia no le cuesta el cargo a nadie, y por eso mismo los esfuerzos que se hacen siempre pueden ser bienintencionados pero inútiles, palabrería, ruido, lo mismo que puedo hacer yo desde aquí para llenar el espacio de mi tribuna o para aligerar la mala conciencia.

Uno de los grandes defectos o deficiencias de la democracia colombiana es que, a pesar de haber mantenido a lo largo del tiempo cierta solidez institucional, no logró incorporar al proyecto de nación a amplios sectores rurales y populares. A diferencia de otros países, donde la incorporación de estos sectores supuso la degradación de la democracia, Colombia no tuvo plagas dictatoriales, ni golpismo, ni crisis inflacionarias sistemáticas, ni (mucho) populismo corrosivo. A cambio dejó una extensa población marginada y desprotegida que ha sobrevivido a la buena de Dios, de modo informal, sin contar en absoluto con las instituciones del Estado. Esa misma gente es la que está siendo asesinada y a la que ninguna columna ni ningún puchero presidencial va a salvar. Sólo una acción firme de parte del Estado, que imponga la institución y la legalidad en el espacio público y en los territorios que dejaron las Farc o que se les disputan a las bandas criminales.

Pero esto sigue sin hacerse. ¿Quizá porque el mismo Estado está parasitado por un paramilitarismo que frustra el intento? ¿O por inoperancia? ¿O por desinterés? ¿O porque nadie paga con su puesto la proliferación de la violencia? Preguntas espinosas, ya lo sé.

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2020-01-17T00:00:45-05:00

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2020-01-17T00:30:02-05:00

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