Por: Álvaro Camacho Guizado

Megalomanía mesiánica

VARIOS COLUMNISTAS, EDITORIAlistas y corresponsales de prensa se han referido a las reacciones del Gobierno ante los informes internacionales de Acnur sobre desplazamiento forzado y de Unodc sobre el incremento de la producción de coca.

Y muchos también han tratado los vaivenes de las relaciones con Venezuela, Ecuador y Nicaragua.

En general las opiniones en torno de los dos informes han sido críticas: se dice que el Gobierno no puede salir a desprestigiar a las entidades internacionales más especializadas y neutrales en sus respectivos temas, y que no es de buen recibo cancelar a Unodc para contratar con alguna otra entidad la elaboración de los informes sobre cultivos ilícitos; se ha dicho que es la misma actitud del marido cornudo que vende el sofá.

 Y en esto tienen razón los críticos, porque esa actitud expresa una incapacidad de aceptar cualquier información que no esté de acuerdo con lo que dice y quiere el señor Presidente. Es una posición intransigente, en pocas palabras. En lo que respecta a la coca, el resultado esperado será un informe que diga lo que el Gobierno quiere que se diga, y que proyecte una imagen de éxito en donde ha habido sistemáticos fracasos, resaltados por muchos conocedores de la situación.

Con una actitud similar se ha manejado lo relativo al contencioso con Venezuela, Ecuador y Nicaragua. Esta vez el Presidente ha contado con el apoyo incondicional de algunos sectores de los medios de comunicación, especialmente el diario de mayor circulación nacional: los epítetos ofensivos e insultantes contra los presidentes de esos países se acompañan con una versión en la que se hace énfasis en que las políticas y acciones de esos mandatarios van dirigidas “contra Colombia”.

Cuando Chávez critica la gestión de Uribe, desde luego con argumentos altisonantes, ofensivos, injustos en muchos casos, los medios dominantes en Colombia afirman que “Chávez insulta a Colombia”. Cuando Correa afirma que se sintió traicionado y engañado por Uribe, esos medios repiten que “Correa ofendió a Colombia”. Es decir, Uribe es Colombia, el país se agota en su presidente.

No está bien crear y estimular esa megalomanía: no le hace bien ni al país ni a Uribe, así éste pueda recibir con beneplácito semejante exaltación de su ego. Pero no le hace bien, porque tamaña exageración estimula la autoconcepción que el Presidente tiene de sí mismo, y si llega a creerse la personificación de la nación, como parece, tenderá a actuar como si su liderazgo fuera carismático y mesiánico, y por tanto, a ubicarse por encima de la institucionalidad en la que está representado el conjunto de los colombianos.

Es claro que el Presidente cuenta con un volumen importante de opinión pública favorable, pero eso no puede ser el argumento para convertirlo en lo que no es, ni para contribuir a un engrandecimiento que tiene consecuencias indeseables para la democracia. Que un asesor suyo diga que el Presidente es una inteligencia superior, no es extraño: de ese asesor se puede esperar toda clase de distorsiones y expresiones acomodaticias para enaltecer el ego de su jefe. Pero que unos medios de comunicación que se proclaman objetivos y cuidadosos con sus informaciones y afirmaciones estimulen esas prácticas, es caer en un ejercicio de adulación que desdice de su independencia.

Basta leer bien las declaraciones de Chávez y Correa: ellos sí han hecho la distinción entre Colombia como país y su presidente como mandatario, y sus críticas se concentran en unas políticas concretas: Chávez critica las políticas pronorteamericanas de Uribe, y en esto puede tener, o no, razón: es un matiz de opinión. Y Correa es claro en que Uribe ha violado la soberanía de su país. Pero ninguno ha dicho que Colombia es proimperialista o que propicia violaciones territoriales de países vecinos y amigos.

Ellos saben que Colombia no se agota en el mandatario de turno.

 

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