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Un profesor universitario de 30 años, cuyos nombres completos conozco pero a quien llamaré Luis por su voluntad de anonimato, me escribe para contarme una historia absurda que sería cómica si no tuviera un fondo atrozmente dramático.

En 2014 Luis empezó a sentir la sensación de tener arena en los ojos. Un oftalmólogo le diagnosticó conjuntivitis y le formuló esteroides y gotas lubricantes que no hicieron efecto. Conjeturando una conjuntivitis crónica alérgica lo envió al alergólogo, quien, después de pruebas, determinó que tenía alergia a gatos y a perros y lo devolvió al oftalmólogo. Este le formuló loratadina, sin resultado; pensando que podía ser una rosácea ocular, lo remitió entonces a la dermatóloga, quien no encontró evidencias pero le mandó unas pastillas “por si acaso”. En vano. Ante esos y otros fracasos, Luis buscó otro oftalmólogo, que opinó que “tenía demodex, un ácaro microscópico que tiene todo el mundo (…) solo que algunos tienen más y produce rasquiña y enrojecimiento en los ojos”. Y además, que tenía moraxella, una bacteria que, para saber que se tiene, hay que hacer un cultivo. “Sin embargo, él, así como así, dijo que tenía moraxella. De la cita salí, entonces, con otro diagnóstico y con dos nuevos remedios: ivermectina untada para el demodex y otro antibiótico para la moraxella”.

“El caso es que yo a diario me aplicaba las gotas lubricantes —escribe Luis—, me tomaba la pastilla para la rosácea (un antibiótico), me echaba otra gota que ayuda a producir más lágrima y me lavaba los párpados con una espuma para disminuir la blefaritis que había en mis ojos”. Pero estos seguían “rojos, ardían, sentía arena en ellos todo el tiempo y estaba impedido para hacer la mayoría de las actividades diarias: leer, ver una película, salir a conversar (el viento me ponía peor). La dificultad de esto se agrava si le sumamos que soy profesor”. Después de años “que afectaron mi vida emocional y laboralmente”, un oftalmólogo, con exámenes, encontró que tenía destruidas las glándulas de meibomio, unas glándulas sebáceas alrededor del ojo, y lo remitió a un optómetra especialista en prótesis ocular. Este le preguntó si había tomado isotretinoína, un remedio contra el acné. La respuesta fue afirmativa y el dictamen atroz: “La única solución, de por vida, es usar unos lentes esclerales que ayudan a humectar el ojo. Lo malo es que estos deben quitarse diario y entonces la sensación vuelve a aparecer”. “Por fin encontré dos oftalmólogos que sabían lo que ocurría”, concluye Luis.

Hace unos años advertí en esta columna que la isotretinoína, componente del Roacután, está demandada en distintos países pues puede ser un detonante de depresión, ataques psicóticos y casos de suicidio. Los dermatólogos escribieron una carta negándolo. Luis cuenta que su médico le habló “de su lucha con los dermatólogos sobre la isotretinoína y la dificultad para que estos atiendan los llamados de los oftalmólogos, principalmente porque es claro que sí ayuda al acné. Además, que algunas cremas antienvejecimiento tienen un derivado de la isotretinoína, las cuales, al aplicarse alrededor del párpado, están causando problemas en las glándulas del meibomio”. Sé que esto plantea un duro dilema, pero considero, otra vez, un deber ético divulgarlo.

 

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