Por: Santiago Montenegro

Mejor solos que mal acompañados

EN FOROS Y COLUMNAS DE OPINIÓN, varios analistas se muestran “preocupadísimos” de que Colombia se está quedando sola en América Latina. 

Se argumenta que, cuando se está gestando un proceso autónomo e independiente de unidad de América Latina, nuestro país se está convirtiendo en un paria, en una aberración dentro de la región. Y, también se dice, que es un lacayo de los Estados Unidos. La unidad y la integración con América Latina —o con América del Sur, o con la comunidad andina, o con los países vecinos— pueden ser valores importantes de alcanzar, pero no necesariamente en todo momento histórico, ni a cualquier precio, porque dicha unidad e integración pueden llegar a chocar con otros valores que también debemos ponderar y defender.  La pregunta que debemos hacernos, y que debemos responder, es si la unidad que se propone es en torno a los valores que queremos como sociedad. ¿Es una unidad que propende por la plena vigencia de los derechos humanos fundamentales y por los valores de la democracia liberal?

Infortunadamente, no creo que sea así. El proceso de unidad regional que se propone está siendo liderado por gobernantes que están planteando e implementando un modelo que es incompatible con esos valores. Se dice que en América Latina ya hay plena democracia porque en todas partes, excepto en Cuba, hay elecciones. Pero la democracia es más que elecciones. La democracia, para ser liberal, exige que el poder esté limitado en el espacio y en el tiempo. Así, el peso del Ejecutivo debe tener contrapesos; debe tener los contrapesos de los poderes Judicial, Legislativo y del electoral, de los órganos de control, de una opinión pública y de medios de comunicación libres y autónomos. El peso del Ejecutivo debe ser también limitado en el tiempo. Es muy triste constatar que, en mayor o en menor medida, estas condiciones están desapareciendo en varios países que abogan por la unidad regional. Además, Cuba, Venezuela y los demás países del Alba pretenden una unidad por la vía negativa, porque es una unidad contra los Estados Unidos. Mientras estos intentos de unidad e integración regional estén liderados por regímenes con estas características, no creo que vayan a prosperar y, de hacerlo, un país como Colombia no podrá formar parte de ellos.

Aunque nos quedemos solos, como le sucedió al Reino Unido después de la caída de Francia a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. ¿Alguien se imagina a Churchill claudicando ante Hitler por una supuesta unidad de Europa con los nazis, con Mussolini o con el gobierno de Vichy? Afortunadamente, el Reino Unido y lo que quedaba de la democracia europea no se quedaron solos. Con el apoyo de los Estados Unidos, lograron derrotar el totalitarismo y el fascismo, así como preservar los valores de la democracia liberal. Por supuesto, ni Colombia es el Reino Unido ni estamos al borde de la guerra, pero esa historia deja muchas lecciones. La más básica es que hay momentos en la vida de los pueblos en los cuales, más allá de lo que permite el pragmatismo y el realismo —y lo que dicen las encuestas de opinión— hay valores que son irrenunciables; hay líneas que en ninguna condición se pueden cruzar. Sobre esas bases, el Gobierno, los partidos y grupos de la oposición y todos los demócratas deberíamos lograr un acuerdo cardinal sobre la relación que queremos con los países del continente, incluyendo el acuerdo de cooperación con los Estados Unidos.

 

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