Por: Jaime Arocha

Mellizos y doctores

Ibeyis es la voz yoruba para designar a los mellizos, quienes son objeto de adoración por parte de los miembros de esa civilización nigeriana.

En 1982, los antropólogos Isabel Castellanos y Jaime Atencio sugirieron que ese culto podría haber permanecido en las Adoraciones del Niño Dios que celebra la gente de la zona plana del norte del Cauca entre febrero y abril. El fundamento de la hipótesis no sólo consiste en que las minas y haciendas de esta región fueron receptoras de gente de esa afiliación, sino que los celebrantes hacen dos altares para dos niños dioses, a uno de los cuales lo raptan casi al final de la procesión entre los dos pesebres. Ese punto de vista le daría fuerza a otra hipótesis relevante: que las Adoraciones constituían ámbitos desde los cuales la gente esclavizada ejercía la resistencia contra la pérdida de la libertad. Hoy, a una y otra visión se les abren nuevas oportunidades de examen, gracias a los enfoques de al menos tres tesis que desarrolla la línea de estudios afrolatinoamericanos del doctorado en humanidades de la Universidad del Valle. Una se refiere a la formación de la religiosidad durante el siglo XVIII; otra a los bundes, las jugas y demás músicas de esas fiestas, y otra a la vida cotidiana en los reales de minas de esa área.

Ese doctorado es el primero de su tipo en Colombia. Lo dirige el historiador Mario Diego Romero y surgió por iniciativa del mismo Romero, de Darío Henao, decano de Humanidades de esa universidad, y de Alfonso Múnera, director del Instituto de Investigaciones del Caribe de la Universidad de Cartagena. Otros temas de investigación doctoral incluyen a los escritores afrocolombianos del siglo XIX y comienzos del XX, la representación de la espiritualidad de las mujeres negras, la elaboración de un diccionario de afroamericanismos, la presencia de África en épicas latinoamericanas como la de Martín Fierro, la vida y obra de José Prudencio Padilla y la participación de los macheteros del Patía y del norte del Cauca en las guerras civiles de 1852 a 1886. Una vez publicadas las respectivas disertaciones, las comunidades negras del país tendrán nuevos espejos que les revelen cómo tomaron parte en la formación nacional, y el resto de la sociedad disfrutará de concepciones enriquecidas acerca de la identidad colombiana.

Con todo y lo que representa este programa de formación avanzada, lo deseable es que el Estado por fin se comprometa institucionalmente con la revolución educativa que representa la cátedra de estudios afrocolombianos. La introdujo la Ley 70 de 1993 hace ya casi 20 años, pero aún depende de innovaciones aisladas. Su consolidación en primaria y secundaria, así como su ampliación hasta constituir un sistema de ciencia y tecnología, constituirían los medios más eficaces para combatir el racismo y la exclusión social. Es probable que su plena realización haga obsoleta la Ley Antidiscriminación que hoy es objetada y criticada, pero que además evite intervenciones gubernamentales tan anodinas como la de enseñar rugby en el Chocó, al mismo tiempo que la locomotora minera crea más necesidades básicas insatisfechas y aleja a la región del logro de los Objetivos del Mileno.

 

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