Por: Oscar Guardiola-Rivera

Melodrama

El melodrama del siglo veintiuno enfrenta a escritores, científicos, y políticos occidentales contra la superstición y la ortodoxia en nombre de la libertad, la humanidad y la Ilustración.

En lo que hace a esos debates valdría la pena recordar lo escrito por G. K. Chesterton hace ya unos cien años. Según el escritor inglés, “quienes comienzan por enfrentar a la iglesia en nombre de la humanidad y las libertades, terminan por desechar a la humanidad y las libertades con tal de poder enfrentar a la iglesia”.

Chesterton apunta a que los secularistas rara vez logran debilitar el poder de lo divino, el dogma y la autoridad en forma decisiva, pero con frecuencia causan un daño considerable a logros seculares tan importantes como las libertades y el espíritu moderno.

Su advertencia es relevante para analizar los acontecimientos recientes en Europa y África.

A las tragedias de París y Kenia, y la que seguirá tras la ocupación de un campo de refugiados por el Estado Islámico, se han sumado no una sino dos farsas: el alza en encuestas del candidato de UKIP tras haber responsabilizado a “inmigrantes” seropositivos por la crisis del Servicio Nacional de Salud británico durante un debate televisado la semana pasada, y el uso de la llamada “Ley Mordaza”, aprobada por el gobierno español.

Aun si el apoyo de UKIP disminuye, su irrupción ha contribuido ya a endurecer el discurso de los laboristas para apaciguar a electores que serán fáciles de capturar por los conservadores. Y al distanciar el laborismo de potenciales socios a la izquierda, como el SNP, Green y Plaid Cymru, las posibilidades de los conservadores mejoran así su apoyo electoral permanezca estancado.

En forma similar, la Ley Mordaza, cuyo pretexto era contener la “justificación del terrorismo” integrista, está siendo aplicada en España para acallar la protesta callejera, reafirmar la autoridad del PP en la calle a medida que sus expectativas de voto decrecen y pavimentar el camino hacia una alianza con Ciudadanos, o quien sea, para detener a Podemos.

En febrero pasado, el relator de la ONU Maina Kiai advirtió que la ley tendría “un efecto disuasivo sobre el ejercicio de la libertad de manifestación pacífica”. Se le respondió que ello no ocurriría.

Sin embargo, a comienzos de abril, un anciano que se manifestaba contra la Troika europea en inmediaciones del Prado fue detenido por violarla. Ante las protestas, un funcionario dependiente de la candidata a la presidencia del gobierno de Madrid por el PP respondió: “somos la autoridad y punto”.

Chesterton tenía razón. La Ley Mordaza pertenece a la época dictatorial tanto como la apelación al chivo expiatorio al medioevo. Ambas deberían regresar a esas eras de las cuales nunca deberían haber salido. Pero es más fácil seguir acusando de bárbaros a los otros.

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