Por: Augusto Trujillo Muñoz

Memoria de una vocación

La Universidad Nacional de Colombia cumple ciento cincuenta años construyendo país. Fue creada por la ley 66 del 22 de septiembre de 1867, presentada al Congreso por el senador José María Samper, uno de los colombianos más ilustres del siglo xix. Nacido en Honda, Samper fue un escritor prolífico, un humanista convencido, un político propositivo. Setenta años después, en 1937, el presidente Alfonso López –uno de los colombianos más ilustres del siglo xx, también nacido en Honda- agrupó en la Ciudad Universitaria unas escuelas dispersas para darle al primer centro de educación superior la dimensión propia de una universidad moderna.

La Universidad nació con las Escuelas de Medicina, Derecho, Ingeniería, Ciencias Naturales y Artes y Oficios. Su primer rector fue Manuel Ancízar, un académico de vocación científica que, algunos años antes, había formado parte de la Comisión Corográfica, con Agustín Codazzi y Manuel Ponce de León. Vivió afectada por las guerras civiles y la polarización política del siglo xix. La Regeneración le cercenó autonomía y quiso convertirla en apéndice de sus gobiernos. Y la guerra de los mil días le impidió su normal funcionamiento durante casi un lustro. Como es natural, no podía sustraerse a la influencia de su entorno.

En las primeras décadas del siglo xx se asentó en el país una especie de democracia monástica que, sin embargo, permitió la ebullición de las ideas sociales. La Generación del Centenario promovió una renovación de la política, mientras iban llegando los vientos provenientes de la revolución de octubre y del agrarismo mexicano. Amplios grupos de estudiantes de la Universidad Nacional, entre quienes sobresalían Germán Arciniegas, Jorge Eliécer Gaitán y Carlos Lleras Restrepo, vinculaban las luchas estudiantiles con los mensajes de sabor americanista, auspiciados por pensadores como José Ingenieros, Carlos Mariátegui y José Vasconcelos.

El movimiento estudiantil suscribió los postulados del célebre “Manifiesto de Córdoba” y encendió la llama de la autonomía universitaria. Unos Congresos Estudiantiles primero, unas protestas luego y, al final, el estudiante Gonzalo Bravo Pérez muerto por la fuerza pública, el 8 de junio de 1929. Por fortuna un lustro después, se abrieron espacios para impulsar la tarea humanista de la universidad. La ley 68 de 1935, conocida como “Ley Orgánica de la Universidad Nacional”, presentada por el senador Carlos García Prada e impulsada por maestro Darío Echandía, como ministro de Educación, sirvió para proyectar la vocación de la Universidad sobre los cuatro horizontes del suelo y del hombre para desarrollar su pensamiento.

Tal esfuerzo fue neutralizado por la aparición de la Violencia del medio siglo y la decisión oficial de mantener una universidad pública de corte partidario. Si bien el Frente Nacional logró la paz, no tardó en cerrase sobre sí mismo en una prolongada connivencia liberal-conservadora. De ahí surgió la idea antitética de una universidad socialista, orquestada desde adentro, pero estimulada por la ideologización universal y los dictados de la guerra fría. Esa terminó siendo una hora estéril porque alejó –y casi divorcia- a la Universidad Nacional del conjunto del país, y a este de aquella.

En todo caso, la universidad trasunta su contexto. Quizás no haya otra institución que se parezca tanto a su país como la universidad pública. Por eso necesitó entender que se debe a una sociedad diversa, múltiple, heterogénea. Eso le impone un compromiso de tolerancia que la inserta en el universo de su tiempo, sin perder su carácter de conciencia crítica de la sociedad. Pero al Estado le falta comprender que la Universidad Nacional es no sólo su universidad sino la de una comunidad plural que expresa la unidad en torno a sus diferencias.

Sin perjuicio del respeto, del reconocimiento y de los derechos de cualquier institución seria de educación superior, la Universidad Nacional necesita que el Estado se ocupe de ella con plena responsabilidad. De otra manera no podrá garantiza la calidad de su servicio en el alto nivel que requieren y merecen los colombianos de más escasos recursos. Ellos tienen claro que las penurias de su sociedad y de sus familias no son inevitables, ni mucho menos naturales. Pero se han agudizado en un medio que se torna, cada día, más excluyente. Por eso están dispuestos a entregar la inteligencia de su mente y el entusiasmo de su espíritu para contribuir –como sus antecesores, desde hace ciento cincuenta años- al mejor suceso, individual y colectivo, del país en que vivimos.

Ex senador, profesor universitario. @inefable1

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