Por: Diana Castro Benetti
Itinerario

Memoria en el cuerpo

Hoy, para hablar de violencia sexual, ya no se necesita seudónimo. Las víctimas recuerdan, vuelven a sentir su cuerpo, hacen memoria, todo les duele y hablan cuando pueden. Pocas se esconden porque saben que en la mudez se cuece el miedo.

No es no, pero la guerra es cruel. Todo vale. Las mujeres y sus niños son el botín. Premio para quien tiene inicua el alma. Mujeres abusadas, violadas, hechas trizas. Niños y niñas convertidos en testigos de lo macabro y, casi siempre, agraviados a la vez. Sociedad infame y vil que hace de sus individuos los objetos de la maldad. La tierra sigue sangrando.

Y es que las víctimas de la violencia sufren todo: la pobreza y el estigma de la pobreza, el ultraje y el estigma del ultraje, el olvido y hasta el olvido del olvido. El dolor está en su casa, en sus cobijas, en su ropa, en los espacios que habitan y en los parques; en las calles y en la vecindad. La memoria es el recorrido interior donde se esconden las agresiones de los acosos, los insultos y los golpes. El abuso es la marca de un bando y de todo bellaco. Las víctimas son el cuerpo social de lo atropellado y el territorio del sufrimiento.

Y donde más duele la injusticia es en el cuerpo, esa quinestésica memoria que recuerda olores, sonidos, movimientos y actitudes. Marcas. Cuerpos objeto y torturados con la perversión. Pedazos de piel, manos, piernas y sexos para el disfrute sanguinario que reflejan los agravios nacidos de una idea, de la política, de cualquier ambición. Al principio y al final está el desprecio por ser indio, mujer, negro, pobre, campesino y homosexual. En toda guerra, nadie más olvidado que una víctima de violencia sexual. La guerra está inscrita en el cuerpo, dijo el Centro Nacional de Memoria Histórica.

Sí, todos igual de adoloridos después de tanta batalla. Hay que volver a contar para volver a ver; volver a escuchar para reconocer; volver a sentir para transformar. Sanar es buscar entre la memoria, los ecos y las señales; sanar es alzar la voz como el mayor acto de resistencia y valentía. Sonidos, voces, poemas, cantos y palabras para nacer otra vez. He ahí el efecto grandioso de toda narración.

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