Por: Hugo Sabogal

In Memoriam

Difícil encontrar seres humanos con tal profusión de calidez y amor por las oportunidades de la vida como este hombre de antigua estirpe agrícola e industrial caldense (responsable de marcas como fósforos El Rey), que descolló como estudiante y como empresario, pero quizás más, como padre y amigo.

Arquitecto e ingeniero mecánico de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, estuvo vinculado a algunos de los más grandes proyectos industriales de la actividad emblemática colombiana. Fue, por ejemplo, uno de los cerebros del montaje de la planta de café liofilizado de la Federación Nacional de Cafeteros, en Chinchiná, Caldas, una de las más grandes y modernas de su tipo en el mundo. Sus conocimientos en esta área lo llevaron después a crear Foodex, un emprendimiento privado del mismo tipo, dedicado a la elaboración de alimentos instantáneos de calidad global.

Con el mismo empeño con que creó y acompañó estos y otros proyectos, también dio vida a otra de sus pasiones: el vino. Con paciencia y esmero se dedicó a encontrar en Colombia un lugar apto donde el clima y el suelo le permitieran plantar vides para vinos finos en un país con escasa tradición en este campo. Y lo encontró, junto con su esposa, Gabriela, entre Villa de Leyva y Santa Sofía, en un recodo donde la parra mostró sentirse a gusto, pese a las dificultades impuestas por el trópico. Bautizó este pequeño oasis con el nombre de Ain Karim, como tributo a la ciudad de Judá, donde vivió María. Tras plantar sus primeras cepas de Chardonnay, Sauvignon Blanc y Cabernet Sauvignon, se sobrepuso a un primer fracaso al no haber podido acertar en la correcta orientación de las plantas con respecto al Sol. Tuvo entonces que arrancar y replantar el viñedo. Pero no se rindió.

Es más: se trasladó, en edad madura, a California, donde atendió, en la Universidad de Davis, un diplomado de enología, guiado por algunos de los más célebres profesores de ese centro, considerado el templo académico de la vitivinicultura del continente americano. Las 38.000 parras que finalmente se acomodaron a estas tierras secas del altiplano cundiboyacense terminaron generando 5.000 litros de vino en cada una de las dos vendimias anuales: una odisea, dados los imponderables de clima y suelo.

Casi todos los fines de semana se le veía trabajar, tijera en mano, podando y cuidando cada una de sus vides, a las que conocía como si fueran personas. Luego pasaba largas horas en el laboratorio, ajustando procesos para fermentar, añejar y embotellar como exigían las normas.

Botellas en mano, visitó casas comercializadoras para colocar su producto, y logró abrirse paso en un denso mercado, dominado por grandes firmas suramericanas y europeas. Hasta consiguió exportar su Marqués de Villa de Leyva a Nueva York.

Consciente de la necesidad de elevar cada vez más la calidad de sus productos, había emprendido en los últimos años una intensa tarea de perfeccionamiento del trabajo ya logrado, y en eso estaba cuando una enfermedad –que había mantenido controlada durante años– fue amilanando su fortaleza de roble. Pablo Toro Pinzón, quien acaba de ingresar con honores a la verdadera Viña del Señor, nos ha dejado un enorme vacío con su partida.

Nos dejó la lección de que nada es imposible. Porque igual que hicieron con anterioridad productores de Tarija, en Bolivia, y en el estado de Lara, en Venezuela, Toro intentó demostrar que el trópico puede ofrecer un estilo particular de vinos partiendo de las variedades europeas, si se trabaja con amor y constancia. Por ahora, el reto de elaborar un “vino colombiano” se mantendrá en cabeza de otros dos resueltos hombres como Marco Quijano (del Marqués de Punta Larga, en Nobsa) y Joachim Herzberg (de Vinícola Guananí, en Villa de Leyva), ambos en Boyacá.

Sin duda, todos los que nos movemos al ritmo de la milenaria pasión del vino extrañaremos a este ser humano excepcional. Mi solidaridad con Gabriela, Pedro, Amelia, Ana María, Catalina, Guillermo y Juan Pablo, quienes, junto con su esposo y padre, me abrieron las puertas de su casa para compartir con él momentos inolvidables.

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