Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Memorias de nuestra guerra

La justicia y la reparación en una negociación de paz son inseparables de la memoria histórica. El gran desafío es el mismo: escoger qué olvidar y qué recordar para construir una visión democrática del pasado, que permita erigir un nuevo pacto social y restablecer la coexistencia pacífica.

La reconciliación nacional en Guatemala, Argentina y Ruanda requirió de la constitución de comisiones para esclarecer las causas, el desarrollo y los resultados de las guerras civiles y las dictaduras militares. Los informes y las recomendaciones que emitieron provocaron un debate social novedoso, que creó enfrentamientos mediáticos y políticos serios, pero que a la larga ayudó a eliminar los sentimientos de venganza y revanchismo dentro de la sociedad. La catarsis provocada por la reflexión en torno a un pasado colectivo trágico permitió subsanar las heridas y reconciliar a los antiguos enemigos.

El trabajo sobre la memoria es tan importante como otros aspectos de las negociaciones de paz. Aquí no hay una sola ecuación que lo solucione todo y se requiere de un esfuerzo que saque a la luz lo que la guerra y la violencia van silenciando con el paso del tiempo: los testimonios de las víctimas, las atrocidades cometidas por los combatientes y la responsabilidad del Estado y los civiles. En Guatemala esa tarea le correspondió a la ‘Comisión para el esclarecimiento histórico’, creada en 1994 para dilucidar con imparcialidad y objetividad los hechos de violencia que sufrió la población afectada por el conflicto armado.

La creación de museos que preserven la memoria del conflicto supone un debate político arduo, pero es crucial para la paz. En Buenos Aires, por ejemplo, el espacio ‘Memoria y derechos humanos’, erigido en el predio de la Escuela de mecánica de la armada (ESMA) que se utilizó como centro de retención clandestino en el último periodo de dictadura en Argentina, ofrece una visión plural de lo sucedido durante esos años difíciles. Al constatar que era imposible ponerse de acuerdo para establecer una sola versión de lo sucedido durante la dictadura, las diferentes organizaciones de derechos humanos que impulsaron la creación del espacio resolvieron construir una lectura incluyente del pasado, que permitiera a los visitantes cimentar una visión propia de la historia invitando a la participación, al debate y a la reflexión.

Tanto como lo fue para los Argentinos, para los Colombianos el desafío es grande. Las negociaciones de la Habana constituyen quizá la coyuntura política más importante del país desde la aparición del Frente nacional en 1958. El reto de la paz requiere de procesos judiciales para los responsables de los hechos de violencia, pero también necesita una evaluación crítica de nuestro propio pasado, que acepte que el conflicto ha engendrado una atmósfera nacional, social e institucional de irrespeto y agresividad de todos contra todos.

Lograr el objetivo de la paz requiere de un proceso sostenido de desintoxicación del miedo y del odio. Eso no va a ser posible si entre todos no construimos una visión objetiva y serena del tropel que hemos vivido. No nos detengamos de plantear preguntas sobre la guerra en Colombia y evitemos respuestas maniqueas.
La construcción de una memoria incluyente también es una de las claves para la paz.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Daniel Emilio Rojas Castro

Pedro Sánchez, la apuesta europea

El club de las malas prácticas

Un nuevo consenso europeo

Arribismo colombiano

La cuestión indígena