Por: Antonio Casale

Menos mal existe el gol

Dicen que el fútbol es drama sin libreto y por eso es garantía de rating. Lo saben los productores que apuestan por él como estrategia para atraer audiencia. La televisión ha encontrado en los deportes una manera de reinventarse y sobrevivir a los embates de las nuevas tecnologías. Pero los protagonistas del juego se han tomado a pecho su rol de actores y se empeñan en ponerle un guion a una obra que no debe perder su naturalidad.

Desde antes los futbolistas preparan sus parlamentos, utilizando su día libre para pasar horas junto al peluquero diseñando el raro peinado para exhibir ante las cámaras en el partido. Los guayos tienen distintos motivos, uno más vistoso que el otro, para que no pasen desapercibidos y así incrementar las ventas. En el partido, Cristiano Ronaldo sabe que tiene infinitas cámaras siguiéndolo y aprovecha para afianzar los rasgos de su personalidad, que lo convierten en una máquina de producir dinero como imagen de distintas marcas, que ven representados sus valores corporativos en él.

De las celebraciones del alma, como la de Marco Tardelli tras marcar en la final de España-82, queda poco. Hoy las coreografías se preparan y hasta el saludo a la cámara con el símbolo de corazón. Los jugadores planifican las simulaciones para engañar al árbitro y, de paso, al televidente. El entrenador salta, grita y corre, para que cuando lo muestren parezca un hincha al que le duele la camiseta y así ganar la adoración.

Después del partido ni se diga. Técnicos y jugadores están preparados para no decir nada y hablar mucho en las ruedas de prensa. Al espectáculo le conviene rellenar los espacios con explicaciones insulsas de lo sucedido. Lo importante es que los logos de los patrocinadores se vean. El cabeza a cabeza del periodista con los jugadores pasó a mejor vida. La zona mixta se volvió un corredor en el que los futbolistas hablan cómodamente desde su lado, separados por una barrera de contención de diez o quince sostenedores de micrófonos que están al otro lado peleándose para que el logo del medio aparezca en todas partes, y por andar en esas no pueden pensar en hacer preguntas interesantes. De todos modos el jugador tampoco respondería algo relevante.

Me gustaba más el fútbol de los noventa, el de barro, melenas y barbas descuidadas, en el que el partido se veía a través de los ojos de la radio, dando paso a la imaginación. Lo único que les importaba era jugar y luchar para ganar. Por fortuna existe el gol, la esencia del fútbol, que es lo único que no van a poder desnaturalizar. Gracias a él la máxima alegría de este deporte es y será espontánea.

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