Por: Columnista invitado

Menos piropos, más respeto

Es de mañana. Mi mamá me envía a llevar unas cosas donde una tía que vive a unas pocas cuadras de la casa.

Apresurada, tomo unos leggins y un esqueleto. Mi madre ve mi ropa y me pregunta si estoy segura de salir así. Confirmo y le digo que es cerca. Ella, mirándome a los ojos, dice: “De todas maneras debes tener en cuenta que estás creciendo y debes empezar a cambiar algunas costumbres para que no la pases mal”. Tenía 14 años y aunque entendí que se refería a los hombres, no supe qué era en sí lo que quería decirme. Fui efectivamente y entregué lo que debía; llegando a casa en una de las esquinas estaba parado un hombre con un abrigo gigante. Cuando pasé frente a él empezó a mencionar cosas sobre mí y sobre mi cuerpo, se abrió el abrigo y me enseñó su pene. Me puse roja y nerviosa, caminé mucho más rápido mientras el tipo caminaba tras de mí diciendo que él sabía que yo quería. A unas casas de la mía y con temblor en las piernas sentí que no podía más y empecé a llorar. Puse las manos en mi bolsillo y me di cuenta de que había dejado las llaves. Timbré. Cuando mi mamá se asomó a la ventana, el tipo salió a correr, y yo, ahogada en lágrimas y asustada, no pude decirle lo que había sucedido.

De alguna forma mi vida cambió ese día. Empecé a preparar mi ropa cada noche eligiendo lo más adecuado, algo que no fuera muy llamativo para los violadores y que fuera medianamente acorde con la forma como me quiero ver. Fui entendiéndolo entonces, o al menos aceptándolo: mi cuerpo es un territorio peligroso para mí misma, hombres con actos sexuales incontrolables pueden agredirme en cualquier momento porque está dentro de su naturaleza y es aceptado socialmente. Los agresores son víctimas de su condición natural y las mujeres son culpables por provocarlos, dicen algunos.

Hay que pensarlo en lo sencillo: salir un día cualquiera a la calle, cruzar las avenidas e iniciar con la rutina que vivimos todas las mujeres a diario es encontrar dentro de nuestra cotidianidad silbidos, malas palabras y acosos sexuales que van desde los manoseos hasta las violaciones. Aun así, lo alarmante del acoso callejero como acto violento contra las mujeres es la legitimidad social con la que cuenta. Esos mitos creados a su alrededor que dicen que a las mujeres nos gustan los piropos o donde los señalan como halagos inocentes perpetúan el abuso haciéndolo ver más pequeño y menos grave de lo que en realidad es. Se enseña a los hombres que una mujer sola en la calle es un territorio fácil de conquista, mientras a nosotras se nos educa para no dar razones para ser violadas en cualquier esquina. No se trata de un asunto menor en el que estamos causando escándalo, puesto que se nos maltrata en nuestra corporalidad y emotividad todo el tiempo, sino de relaciones de poder que nos agreden y deberían erradicarse y transformarse para entender que desde esos actos que parecen tan pequeños se pueden eliminar violencias que luego se penalizan como graves.

 

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