Por: Cristina de la Torre

Mentir, mentir, mentir

Acuerdo trascendental: las Farc se comprometen a abandonar el narcotráfico y, con el Eln, decretan cese unilateral del fuego para elecciones; pero los cruzados de la guerra reaccionan destilando hiel contra el mandatario que logró la hazaña.

Oscar Iván, el primero, en honor a su manguala con el hacker espía de la paz. Como se desprendería de un video publicado por Semana donde aparece Zuluaga con su contratista trazando estrategias de campaña con información reservada de inteligencia militar sobre el proceso de La Habana. Espiando secretos de Estado, y no de pasadita incidental, como lo había dicho. El video causó estupor. Quedaba en evidencia el candidato del uribismo como miembro indiferenciado de aquella cofradía, célebre por su sangre fría para manipular, conspirar y mentir.

A este convenio histórico sobre drogas se suman los ya suscritos en reforma rural y ampliación de la democracia, para decirnos que el fin de la guerra no es ilusión sino puerto a la vista jamás vislumbrado en medio siglo. Que las reformas acordadas desbordan el interés exclusivo de las Farc, pues interpretan el anhelo general de justicia y equidad. Que son propuestas de sello liberal, antípoda de la rúbrica “castro-chavista” que la derecha ultramontana ha querido imprimirles, por ver de repetir uribato en la casa de Nari. Y no sólo con el fin de eternizar la guerra sino de revitalizar con nuevas cargas de odio y ultraconservadurismo los expedientes de aquel despotismo purulento. Anacrónico patriarca de estos trópicos, quiere Uribe reinstalarse en la silla de Bolívar para ridiculizar la democracia; perseguir a sable limpio, en nombre de Dios, a sus contradictores, a sus jueces, al pueblo si reclama lo suyo; y enriquecer a sus compadres con un capitalismo premoderno. Para perpetuar su idea de patria, cavernaria y violenta.

No es otra la contraoferta agazapada tras la leyenda negra que el uribismo ha tejido con esmero para demonizar los acuerdos de La Habana. Se desgañita diciendo que son una cloaca de impunidad, que en ellos abandona el comunista Santos al país en brazos de las Farc. Con tan frenéticas tergiversaciones busca también ahogar en ruido el prontuario del gran jefe que acumula 250 demandas. Y el probable de Zuluaga, por espionaje y traición a la patria. La verdad del proceso de paz es otra y sus detractores lo saben, pero se inventan la suya propia. Mienten por oficio.

En materia de drogas, habrá sustitución masiva de cultivos por planes integrales de desarrollo rural con participación de la comunidad; lucha redoblada contra las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico y al lavado de activos; compromiso de las Farc de romper todo vínculo con el fenómeno, de contribuir al desminado de los campos; y enfoque de salud pública al consumo de drogas. El programa forma parte de la reforma rural acordada, enderezada a dar tierras recuperadas de la ilegalidad al campesino; a fortalecer su economía, articulándola con la agroindustria y los mercados. El acuerdo político amplía la democracia y la inscribe en un modelo de integración territorial. Aspira a romper el vínculo entre política y armas: que nadie recurra a las armas para defender sus ideas políticas, y que nadie lo mate por hacerlo.

La paz no es el demonio que la ultraderecha nos vende. Es la oportunidad para apalancar reformas elementales largamente represadas. Es la vocación de cualquier democracia sensata. Pueda ser que no triunfe la insensatez de reelegir a Uribe en la persona de Zuluaga –si porfía–, conspicuos animadores de la guerra. Acaso no les importe a ellos que ésta traiga otros 220 mil muertos. Al fin y al cabo no son sus hijos los que se juegan la vida en el frente de batalla.

493365

2014-05-19T22:24:55-05:00

column

2014-05-23T14:59:18-05:00

none

Mentir, mentir, mentir

22

3789

3811

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cristina de la Torre

La vocación autoritaria del uribismo

Paz: actores avanzan y Duque obstruye

Cúpula gremial, ¿sin patria?

Manos a la obra de la paz