Por: Rafael Orduz

Mentirosos o fanáticos: ¿qué es peor?

No se sabe qué es peor en un país agobiado por la violencia: si el fanatismo o las mentiras de algunos de sus dirigentes. O la mezcla de ambos.

La semana pasada fue abundante en mentiras. Dichas con honda convicción, dan para preguntarse si los protagonistas de verdad se las creen y si consideran que los demás somos imbéciles.

Para comenzar, un juez de jueces, doctor Villarraga, en la entrevista de Blu Radio quiso hacernos creer que sus contactos ilegales con el coronel González del Río estaban sustentados en el altruista deseo de apoyar a los soldados de la patria. La tónica: si hay encuentros en La Habana, ¿cómo no escuchar a nuestros militares? Que Villarraga hijo, sin su consentimiento, visitaba al coronel porque buscaba legalizar su situación del servicio militar. En pocos días se descubre una mediocre hoja de vida llena de irregularidades. El coronel tuvo que salir a decir que la solicitud de armas y municiones, otra perla, era iniciativa del magistrado.

En programa de antier, en televisión, se entrevista en profundidad al exconcejal de Chía. Después de protagonizar hechos que lo tendrían preso en cualquier país civilizado, reincidente en shows alcohólicos motorizados, tiene el coraje de preguntar ante, según él, la arbitrariedad de la policía: ¿qué otra alternativa tenía yo, perseguido injustamente?

El espectáculo de las mentiras encubre graves omisiones. En el caso del magistrado, la incumplida promesa de campaña de 2002 de acabar con el Consejo Superior de la Judicatura. Como otros, Villarraga fue ternado por la Presidencia, sin consideración de hojas de vida idóneas. En cuanto a los hechos del concejal, Policía y Ejército no demostraron, propiamente, diligencia. ¿Quién estaba a cargo de la Escuela de Cadetes, dormido, mientras el circo entraba a la guarnición?

Otra, ya conocida, reiterada en Semana (entrevista de María Jimena Duzán a D. Palacio) es la tesis del exministro sobre la autoincriminación de Yidis, la del cohecho de una sola punta, dicha con desparpajo. A Yidis le dieron los puestos que pidió, cumplió su parte en lo del articulito aquel. Y pagó años de cárcel.

La joya la remata el jueves el presidente, hablando de la limpieza de su gobierno y contrastando: “... no como esos gobiernos que terminaron la mitad en la cárcel” (refiriéndose a algunos de sus antiguos colegas de gabinete).

En cuanto al fanatismo, además de campañas como la persecución a gays y políticos de izquierda, las mentiras van haciendo carrera y graduándose, para muchos, de corolarios absurdos, como el ridículo según el cual Santos es miembro de las Farc. La mezcla entre ideología y mentiras fue también evidente cuando algunos atribuyeron la detención del alcalde Moreno R. a la persecución de la oligarquía.

Para rematar con las inconsistencias, desearía oír buenas noticias de La Habana, que a Santos se le componga el caminado y que el alcalde de Bogotá, pésimo y ególatra gerente, no sea destituido por ideología.

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