Por: Esteban Carlos Mejía

Mera utopía, mera ilusión

VOY CON ISABEL BARRAGÁN A UN foro en el Jardín Botánico. Está lloviznando o va a llover, nunca se sabe con la eterna primavera de Medallo. Mi amiga desafía el atardecer con una camisetica ceñida, mostaza neta.

La piel bronceada es su único maquillaje. “La que de amarillo se viste...”, le digo. “A su belleza se atiene”, responde desdeñosa. Aunque acaba de cumplir 34 años, no revela la edad: parece de 28, una nena muy carnal, a lo Truman Capote. Las miradas se van detrás (sic) de ella. Nos sentamos en segunda fila. Cinco autores van a charlar sobre una vaina insólita, la independencia del escritor. Mera utopía.

Habla Mempo Giardinelli, un periodista argentino, famoso por sus novelas El santo oficio de la memoria y Luna caliente. “El hombre maneja su sarcasmo”, dice Isabel. “El oficio, premio Rómulo Gallegos en 1999, es la saga de la inmigración italiana a Argentina, una historia conmovedora, que te encadena con fervor. Y Luna es un torpedo erótico policíaco”. Pongo atención. ¡Pero qué desengaño! Mempo discursea contra el mercado editorial, al que llama “señor mercado”, con más respeto que desprecio. Cita a Baricco, a su manera, y dos asistentes lo apalean sin lástima. Isabel también se pronuncia. “Ay, Mejía, una cosa es el autor y otra, la obra”. Y evoca a Evtushenko: “La biografía de un poeta es su poesía. Todo lo demás es sólo una nota al pie de página”.

La cosa mejora. Piedad Bonnett, con culta precisión, analiza la autonomía del escritor frente al Poder, desde el Renacimiento hasta el posmodernismo. Isabel me hace notar que la obra de Bonnett encarna esa independencia. “Su novela El prestigio de la belleza es una exploración profunda y, a la vez, entretenida sobre la intimidad femenina, sin concesiones de ninguna especie”, dice, y aplaude contenta.

El poeta Juan Manuel Roca, con gran habilidad y mejor estilo, lee una apología del papel en blanco, un exquisito tour de force, que nos deja boquiabiertos. Rememora, además, un encabalgamiento de Papini: “Los libros que se escriben, no se publican. Los que se publican, no se venden. Los que se venden, no se compran. Los que se compran, no se leen. Los que se leen, no se entienden”.

“A mí, La marca de España me marcó como lectora de ficciones históricas”, dice Isabel cuando interviene Enrique Serrano. “¡Mucho papito! ¿No, pues, dizque una cosa es la obra y otra el autor?”, digo, picado por los celos. Para Serrano, fresco como una lechuga, la independencia es cuestión de originalidad y de vanidad, incluso de voluntad. ¿Y el “señor mercado”? Peor es el diablo.

Ramón Illán Bacca, el incomparable escritor barranquillero, se roba el show con su sencillez, carisma literario y gracia dialéctica, apenas un pálido reflejo de la calidad de sus obras. “No sé cuál sea mejor”, dice Isabel, “si los cuentos de Marihuana para Goëring o su novela de espionaje Débora Kruel”. Gozamos con sus ocurrencias. De repente, Isabel se recuesta en mi hombro y me dice al oído: “Quiero vivir en Quilla. Es la única ciudad de Colombia verdaderamente cosmopolita”. “Carajo”, suspiro sin querer, a mí también me encanta Barranquilla.

Rabito de paja: Leí Páginas quemadas, el más reciente libro de Miguel Torres, y me gustó mucho: bien escrito, inteligente, sarcástico, lúcido. Una gran novela.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Esteban Carlos Mejía

Duque, el eunuco de Uribe que canta y baila

¿Estamos dormidos o muertos?

¿Capón o castrato?

Los perros duros no bailan