Por: Columnista invitado

Mercadear la ilusión

Por: Javier Guzmán*

El pasado 6 de agosto, Manuel Teodoro publicó en El Espectador el relato de los últimos días de su madre, Patricia Bermúdez de Jaramillo, víctima de un tumor de seno. Bajo el título “Una pastilla revolucionaria contra el cáncer”, el periodista no sólo ofreció un conmovedor testimonio del dolor, sino también de la solidaridad ante la enfermedad.

Soy funcionario de la salud, un sector que tiene una especie de esencia trágica. Diariamente tenemos que lidiar con la enfermedad y la muerte, y por tanto con las manifestaciones humanas —y comprensibles— del duelo: la rabia, la frustración, la negación.

Creo que es por efecto del duelo —de la humana manifestación del duelo, valga repetir— que los dolientes con frecuencia responsabilizan al sistema de salud por casos como la muerte de un anciano centenario o el fallecimiento de un joven accidentado por conducir a alta velocidad.

Algo de ese corte le ocurre a la entidad que dirijo, el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima), en la crónica de Manuel Teodoro. Según la médica tratante citada por el periodista, Colombia no había aprobado un anticancerígeno que podría haber salvado la vida de doña Patricia. Ahora bien, a pesar de que la familia de Teodoro logró obtener el costoso fármaco en Perú y traerlo al país, este no cumplió la promesa de salvar la vida de la paciente.

La historia no contada es que el medicamento, desarrollado por una multinacional estadounidense para tratar un tipo particular de cáncer de seno avanzado o metastásico, fue presentado ante el Invima a finales del 2015, cuando el laboratorio aún no había concluido todas las fases de investigación.

Por esto, y debido a la incertidumbre de si los beneficios a largo plazo irían a superar los riesgos de eventos adversos, la entidad solicitó a la compañía allegar los resultados finales de los estudios, así como información sobre los beneficios en calidad de vida o sobrevida de las pacientes.

En abril de este año fue recibida la información de aproximadamente tres años de seguimiento a los estudios clínicos, donde se encontró que en algunas pacientes con características muy puntuales (aquellas con expresión de receptores de estrógenos y con no expresión de receptores de factor de crecimiento epidémico humano 2) el medicamento detenía la progresión de la enfermedad durante aproximadamente 10 meses.

A pesar de no tener aún información sólida sobre impacto en sobrevida global, en junio pasado el Invima aprobó la comercialización del producto en Colombia, apenas siete meses después de que la Agencia Europea de Medicamentos emitiera una autorización condicionada a un estricto seguimiento. A todas luces, el carácter “revolucionario” del fármaco aún es cuestionable.

La misión del Invima es proteger la salud de los colombianos, y para conseguirlo debe hacer revisiones rigurosas. Eso implica actuar con prudencia y no ceder a las presiones que la industria ejerce directamente, a través de los médicos o a través de los medios de comunicación. Eso implica evitar que se mercadee con la esperanza de las personas.

Siguiendo ese criterio, el número de nuevos medicamentos autorizados cada año para ingresar al país se duplicó entre 2012 y 2016: pasó de 17 a 37. De hecho, uno de cada cinco es contra el cáncer.

Por eso creo que, excluyendo el drama humano —tan acertadamente descrito—, la crónica de Manuel Teodoro flaquea en las evidencias científicas y en la atribución de responsabilidades. La esperanza suele ser tan impulsiva y subjetiva como el duelo. Quizás para eso también son útiles las entidades como el Invima: para prevenir la compraventa de ilusiones.

* Director Invima.

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