Por: Carlos Villalba Bustillo

Mercado en peligro

LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA cambió de rumbo desde principios de los años noventa. Les venía bien a sus partidos y a sus líderes apelar al pragmatismo. Uno de esos líderes, Jorge Castañeda, quien después fue canciller de México, aprovechó sus nexos académicos en Princeton para organizar un congreso en el que seis curtidos dirigentes populares —Rubén Zamora, Lula Da Silva, Navarro Wolff, Cuauthémoc Cárdenas, Luis Maira y Pablo Medina— botaron corriente sobre el futuro de la socialdemocracia en el continente.

En uno de sus ensayos más incisivos, Mario Vargas Llosa, invitado especial a los actos, reprodujo los aspectos sobresalientes del debate: qué hacer con la economía, los nacionalismos y la combinación de las formas de lucha, si se aceptaba la importancia de que los partidos socialistas de Hispanoamérica se sometieran a las reglas de la democracia para buscar el poder, sin traumas sociales y con paz política. Era previsible saberlo por el solo hecho de que los participantes se sentaran a discutir el temario del foro en uno de los baluartes intelectuales del imperio.

Desde entonces, 1993, los socialdemócratas más eminentes —Ricardo Lagos, el mismo Lula Da Silva, Tabaré Vásquez y la señora Bachelet— han dado un ejemplo de evolución política con éxitos electorales que contrastan con el socialismo estrafalario y veleidoso que encarnan Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega. Por eso, Brasil, Chile y Uruguay son tres naciones en las que política social y economía de mercado coexisten en un marco de pluralismo, libertad de expresión, elecciones limpias, oposición organizada y alternación de los partidos en el mando.

La tendencia hispanoamericana de virar hacia gobiernos progresistas podría perder el mercado electoral por el mal sabor que dejan los desaciertos estratégicos y los rumbos contradictorios de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, cuyos presidentes caminan más a remolque de sus rencores de clase que de sus convicciones políticas, pues continúan anclados en los viejos dogmas de la izquierda radical y reacios a los aires innovadores del socialismo democrático.

En Colombia, la lucha armada, infestada de corrupción por su caída en el narcotráfico y en el terrorismo, volcó hacia la derecha más reaccionaria a un país mayoritariamente liberal. Y no será fácil sacarlo de allí mientras la izquierda geográficamente cercana sea la del modelo Chávez-Correa, aunque la preferida ideológicamente por partidos como el Liberal y el Polo Democrático sea la del modelo Lula-Bachelet-Vásquez.

Necesitamos otro foro como el de Princeton para definir qué se hace con una izquierda radical que ahuyenta más de lo que atrae, y que se prohíbe, por defectos de imaginación, la coherencia entre lo que dice y lo que hace cuando accede al poder. Es preciso convencerla de que la unidad en torno de lo que aglutina, y no de lo que asusta, es lo que fortalece las ideas que afianzan un sistema político. Las ilusiones del pasado son un saldo muy precario en Cuba, Vietnam, Corea del Norte y pare de contar.

Si la izquierda se provee de alternativas que le suban la credibilidad, acumula puntos con los programas que proponga sobre una concepción democrática del Estado y de la sociedad. Pero si acumula frustraciones por lo que retroceda con un esquema antidemocrático desechado por la historia, le aparecerán culpables que fomentan, sin darse cuenta, el autoritarismo dentro de los regímenes democráticos.  

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