Por: Pascual Gaviria

Mercenarios

Los especialistas en los trabajos de la muerte no se hacen de un día para otro. No se trata sólo de saber usar las armas. Desde los primeros días, cuando apenas se reconoce la sensibilidad del gatillo, es necesario un poco de anestesia natural contra los remordimientos: poco a poco el odio y la paranoia van entregando la autorización a los verdugos consumados.

 Ya se han olvidado las primeras motivaciones para matar; ahora se trata de un oficio simple, del encargo a un carnicero. Así trabajan los mercenarios, venden su capacidad de mantenerse vivos mientras matan, enseñan sus técnicas al mejor postor, exhiben un carácter.

Muchos de los señores de nuestras guerras, hombres que apenas llegan a los 40 años, han acumulado sus muertos en bandos diversos. Primero usaron algunas franquicias importantes y luego armaron su propio ejército. Aquí no importan bandos ni brazaletes; en esas luchas largas los guerreros se confunden. Se disparan entre ellos y si tienen la suerte de sobrevivir se dan la mano en un trato futuro. Dos de los nombres mencionados hace poco en los principales prontuarios cuentan la confusa historia de las matanzas en Colombia.

Alias Guerrero, que recién entrega sus armas en Trujillo bajo la chapa de ‘Los Rastrojos’ —tal vez pronto se convierta en gestor de paz—, entró a la guerra a los 16 años, usando la cédula de su hermano para incorporarse a la Brigada XVII del Ejército en Urabá. Cuando pillaron su trampa y le quitaron el uniforme, un compañero de armas lo recomendó para ser guardaespaldas de los Rodríguez Orejuela. Pero el hombre no estaba hecho para labores defensivas y buscó refugio en el Bloque Central Bolívar, donde se convirtió en un fuerte peleando en Putumayo y Caquetá. Los ‘paras’ se desmovilizaron, pero él sabía cuál era su proyecto productivo y se enroló en la guerra entre ‘Rastrojos’ y ‘Machos’. Chirrete, un perro tuerto, es su más fiel compañero.

Alias Leo está llamado a ganar el apoyo de los combos en Medellín para la marca de ‘Los Urabeños’. Comenzó en el Epl, en Urabá, luchando bajo la consigna de una estrella roja. En 1991 una singular desmovilización acercó a algunos miembros del Epl a la casa Castaño, que les hacía la guerra en Turbo y Apartadó. Don Berna y Juan de Dios Úsuga hicieron un tránsito parecido, desde la revolución hasta la lucha antisubversiva, para terminar con un ejército de narcos y asesinos a sueldo. Y contactos en los altos sótanos.

Son apenas dos historias que completan las de los milicianos del M-19 reunidos en los campamentos de paz de los años ochenta en Medellín, convertidos meses después en sicarios y dinamiteros del cartel. O de Don Antonio, Doble Cero y Tolemaida, que pasaron de los cursos de lanceros y los viajes al Sinaí a manejar los frentes de guerra más activos de los ‘paracos’. Qué decir de Cuchillo, que pasó por el Ejército, el cartel de Medellín, trabajando para Rodríguez Gacha, las autodefensas y luego, bajo el ala del Loco Barrera, íntimo de los comandantes guerrilleros en las épocas del Caguán, fue socio de las Farc. La pólvora, las balas, la coca, los hombres se mezclan entre muertes y traiciones por el camino de caños y ríos. Las fichas se revuelven solas en esa bolsa negra de la guerra.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Pascual Gaviria

Seguridad y control

La cárcel por casa

Protección violenta

Gestor general

Ministerio del superior