Por: Javier Ortiz

Merecer a Manuel

A Manuel Zapata Olivella este país no le cumplió ni después de muerto. El día de su funeral en Santa Cruz de Lorica —la tierra donde nació un 19 de marzo de 1920—, las canoas en las que una comitiva debía moverse por las aguas del río Sinú para esparcir sus cenizas no llegaron a tiempo. De modo que su amigo David Sánchez Juliao tomó la iniciativa de agarrar la urna con los restos y dirigirse hacia el río para cumplir la última voluntad de Manuel, fastidiado con el rosario de discursos eternos, oportunistas y predecibles de los políticos y funcionarios de turno.

Esta nación de mala memoria y olvidos conscientes no le ha dado el justo reconocimiento a Manuel Zapata Olivella. La lucidez de este intelectual negro no ha encontrado el lugar que se merece en las narrativas de la memoria de nuestro país. La guerra, los debates mediocres y sin profundidad y los avatares de la inmediatez nos diluyen cada vez más en lo efímero y nos sumergen de manera inclemente en la injusticia de no recordar lo verdaderamente memorable.

Memorable es Manuel. Memorable es su pasión, su capacidad de trabajo, su infinita posibilidad de soñar y de realizar cada sueño milimétricamente.

Fue Manuel Zapata Olivella quien le mostró a Gabriel García Márquez, cuando aún no era el Gabo que hoy todos admiramos, las tierras nobles de La Guajira y del Magdalena grande con las que forjó su literatura asombrosa. Manuel era el hombre de las posibilidades, el que abría caminos. Llevó por todo el mundo a los gaiteros de San Jacinto, los acordeoneros de las llanuras del Caribe y las cantadoras del Pacífico, cuando los intelectuales del país encaramados en las montañas se enfrascaban en discusiones parroquianas con pretensiones universales y civilizadoras. Manuel fue siempre una suerte de viajero de la cultura popular, al que las fronteras le parecían apenas un capricho inadvertido. A Manuel esta tierra le debe, en gran parte, los cimientos que han permitido la construcción de su identidad musical.

En las letras, sin embargo, no fue menos generoso. Para algunos, Manuel Zapata Olivella ha sido uno de los escritores colombianos más importantes y fecundos. Su obra, valorada por los centros académicos de otros países, es apenas recordada por algunos especialistas colombianos y por alguno que otro joven acucioso que se deja seducir tempranamente por sus relatos.

El maestro murió en Bogotá, el 19 de marzo de 2004, en una fría habitación de un pequeño hotel del barrio La Candelaria. No cosechó dinero en esta vida, pero sí una deuda histórica de todos aquellos que nos cruzamos con sus palabras o deambulamos en el mundo de la cultura y la música.

Su valioso archivo, después de su muerte, también deambuló por ahí, aferrado a promesas oficiales de adquisición y catalogación, hasta que una universidad norteamericana —como suele suceder— decidió comprarlo. Por fortuna, en estos días en Cartagena de Indias se hará un homenaje a Manuel Zapata Olivella a través de un foro titulado Manuel Zapata Olivella, al encuentro con la diáspora, con una nómina de intelectuales internacionales y nacionales de altísimo nivel.

Alguna vez, en 1965, cuando escribió el editorial del primer número de la revista Letras Nacionales —de la que fue su fundador y director—, lo tituló “Esto somos, esto defendemos”. Y sí, mucho de lo que hoy somos culturalmente nos los enseñó Manuel. Ya es hora de que este país empiece a hacer méritos para merecerlo.

 

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