Por: Brigitte LG Baptiste

Mermelada

Una de las mejores herencias comunicativas de la actual administración habrá sido la metáfora de la mermelada como símbolo de la riqueza distribuida a través de ciertos territorios del poder. Transferir recursos de cualquier índole en medio de las tensiones ecológicas y sociales del país requiere una institucionalidad muy sólida que estamos lejos de disfrutar, dado que seguimos tratando de salir del medioevo, con la mala suerte de que el péndulo global se inclina de nuevo a los tribalismos más obtusos.

Mala ecología la de las autarquías o autosuficiencias que desembocan en nacionalismos hirsutos o localismos dogmáticos, pero a los cuales tampoco las propuestas de integración han sabido seducir, ni acá ni en Cataluña.

La corrupción, sabemos, se come lo que se pretendía distribuir. A este paso no hay duda de que el calentamiento global nos irá friendo, eso sí, en perfecto orden: de los más pobres hacia los demás, de manera exponencial.

La mermelada, curiosamente, es también metáfora reciente del biocomercio, pues las frutas nativas representan unos de los productos de la biodiversidad colombiana con mayor posibilidad de adición de valor local, generado en pequeñas empresas o con base en tradiciones familiares. Muchas de estas sostienen madres cabeza de hogar o víctimas del conflicto que no tienen más capital que el sol, el azúcar y la paciencia para batir melao.

En la última feria Bioexpo, en Barranquilla, se pudo apreciar una parte de la creciente oferta de mermeladas nativas que se abren paso en un mercado colonizado hace años por las baratísimas pulpas de manzana y duraznos importados, cuyos valores de venta sorprenden por lo bajos cuando se sabe el tamaño de la huella de carbono (es decir, petróleo) implicada en su fabricación.

Imposible competir con la economía petrolera a partir de la manufactura de productos caseros, por buenos y delicados que sean: si no son las autoridades sanitarias las que dificultan su ingreso al mercado, es el tamaño de la economía que representan y la inestabilidad en la producción de insumos.

Pero hay una diferencia entre la mermelada de crudo y la de frutas, y sigue siendo la renovabilidad de la segunda. Al final, están curiosamente conectadas: será imposible construir una economía verde sin transferir a ella una buena porción de regalías e impuestos de los no renovables.

Por supuesto, no basta la mermelada de fruta por exótica que sea para construir sostenibilidad, pero tal vez una sociedad menos codiciosa, más consciente de los impactos de sus prácticas de consumo en las demás personas y seres, sea también más creativa e innovadora en otros aspectos del aprovechamiento sostenible de la biodiversidad.

La próxima vez que le ofrezcan jaleas de frutas extrañas, pruébelas. Piense que además de ser colombianas, están hechas por gente que trabaja muy duro para lograr algún día lo que a un campesino europeo le costó diez siglos: el reconocimiento de su labor como guardián del territorio, administrador de los servicios ecosistémicos, conocedor del funcionamiento del territorio y protector de la buena vida rural, aquella que los urbanitas añoran, pero sólo soportan por cortos períodos. Promovamos otra perspectiva para la mermelada, a ver si al menos la vida se nos endulza un poco.

*Directora general del Instituto Humboldt.

 

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