Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Messias Bolsonaro

Jair Messias Bolsonaro es un elegido, un hombre señalado por dios, tocado por su mano poderosa. Un capitán de una unidad de artillería que estudió educación física también puede conseguir un manto divino, se trata de rodearse bien, señalar una ruta y abrirse paso por medio de conversiones, intereses, alardes y algo de la furia del antiguo testamento. Bolsonaro lo dijo invocando a dios y con una seguridad que asusta luego de su victoria del domingo: “Nuestra misión no se escoge ni se discute, se cumple”. También el lema de campaña lo dejaba muy claro: “Brasil encima de todo, Dios encima de todos”.

Durante la campaña presidencial Bolsonaro fue atacado por un seguidor del Partido Socialismo y Libertad. El segundo nombre del agresor se suma a la fábula religiosa en que se convirtió la campaña presidencial en Brasil: Adelio Bispo de Oliveira dijo haber tenido motivos religiosos para atentar contra Bolsonaro. Un hombre llamado “Obispo” agrede a uno llamado “Mesías”. Luego de la brutal puñalada Bolsonaro se confirmó en su tarea: “Ahora más que nunca mi voluntad para ayudar a esta gente, para rescatar esta nación, ha aumentado”. Su amigo, el pastor Silas Malafaia, soltó una gracia al ver sano y salvo al candidato: “Mira lo que hizo Dios. Te apuñalaron y ahora los demás candidatos se quejan del tiempo que te han dedicado en las noticias”.

Antes, en la habitación del hospital Albert Einstein (lo de la fábula no era charlando), otro pastor, conocido como Magno Malta, tomó mayor protagonismo que la propia familia del hombre de los estigmas al divulgar los primeros videos luego de su operación. Malta es el mismo que oró con el presidente electo tomado de la mano, con los ojos cerrados, minutos después de confirmarse el triunfo en las elecciones. Un sermón por interpuesta persona antes que el discurso de un presidente: “Señor, mi Dios, mi padre, estamos agradecidos, fueron años de lucha, hablando con el pueblo, pidiendo tu protección, hablando sobre familia, sobre país, cuidando de nuestros niños. Dios en la vida de la familia, Dios en la vida de Brasil”.

Según encuestas recientes, los evangélicos (tradicionales, pentecostales, neopentecostales) suman el 27 % de la población apta para votar en Brasil. En el 2010 eran apenas el 15 %. Y tienen más del 15 % de los diputados federales, las iglesias más grandes han fundado sus propios partidos y dominan buena parte de la radio y la televisión. Eduardo Cunha, expresidente de la Cámara, miembro de la iglesia Asamblea de Dios, fue el principal impulsor de la destitución de Dilma Rousseff. Mientras se votaba el impeachment en el Congreso, Bolsonaro recibía su segundo bautizo, ataviado con una túnica blanca, en las aguas del río Jordán. Su mensaje por Twitter luego de la votación venía santificado: “Mar de Galilea / Israel, Bolsonaro felicita a todos los brasileños que han luchado por este momento”.

La fuerza política y económica de los evangélicos (la Teoría de la Prosperidad es uno de sus dogmas) comenzó a finales de los 80 cuando el presidente José Sarney amplió su periodo de cuatro a cinco años en medio de una constituyente. El diputado Edir Maedo, tío del alcalde de Río, logró grandes concesiones radiales por los favores recibidos. Hoy Maedo es dueño de Record, segunda televisión de Brasil, canal en el que Bolsonaro dio una entrevista en tono patriarcal mientras el debate presidencial al que se negó asistir pasaba por TV Globo. La audiencia de Bolsonaro superó la mitad de la que marcaron los demás candidatos juntos.

Un simple dato estadístico puede explicar el milagro. En 2017 el Latinobarómetro marcaba la confianza en las instituciones en Brasil, 69 % la iglesia y 50 % el Ejército. Un triunfo de la biblia y el fusil.

 

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