Por: Lorenzo Acosta Valencia

Metáforas entre las cordilleras

Alrededor de los andamios de la Atalaya, en el umbral del Bicentenario de 1810, este diletante divisa algunos lomos de las cordilleras sin sus pliegues. Entonces, intenta recordar.

El episodio desatado con el Florero de Llorente se vio enmarcado por los cerros tutelares de Bogotá, los mismos que dejan escabullir vibraciones de sismos y reseñas de tomas guerrilleras. En su entrono con el occidente se adivina el Nevado del Ruíz sobre las ruinas de Armero, por los caminos que debían circundar a Marquetalia y que albergaron al zoológico de Pablo Escobar. Hacia el sur, la noción de los Llanos se agota con la vista de unos montes de donde emergen cambuches arenosos, y las selvas se nos antojan las más absurdas antípodas de la tierra fría, representadas en pruebas de supervivencia y laboratorios clandestinos. Hacia el norte se extiende una égloga cundiboyacense que guarda jornadas de machetes bipartidistas y de señoríos esmeralderos. Más allá, en Palonegro, se levantó el difuso monumento a un siglo XIX de guerras civiles con un montículo de calaveras. Los murmurios de las motosierras revelan que, también al norte, el territorio aún desborda al Estado.

La memoria de quienes hablamos desde Bogotá, tan centro de la Nación como es museo el almacén de Llorente, balbuce símiles de milenarismos y herejías que se quedan cortos cuando intentamos narrar historia. Disponemos de fragmentos de huídas y estancias que tramitan abogados, jueces y políticos por la picaresca de la dilación y la connivencia con lo sórdido. Y disponemos de natalicios, fijados por académicos y cronistas, de una enfermedad colombiana para la cual el 9 de abril de 1948 y la ostentación de fuerza de los primeros capos sirven de ciclos de un mito de disfunción que sólo ha cambiado de caudillismos desde 1810. Entonces quedamos estupefactos ante una galería de medioevos y modernizaciones de la República que asumimos como Basilisco: pensamos en cuánto se ha parecido la violencia contra el prójimo a la soberanía de la Naturaleza para señalar culpables y visionarios, únicos actores en una trama de sombras a lo largo de las orillas de infranqueables cordilleras, y cesamos de decir. 

Pero, desde los andamios de la Atalaya, se adivina la posibilidad de descubrirnos los unos a los otros por entre las montañas. Seamos todos diletantes pensando en una historia que no dependa exclusivamente de la celebración de un motín ya casi bicentenario y de las frustraciones de Santafé al convertirse en cabeza de Leviatán, esto es, sin el presupuesto de un espíritu signado por una geografía quebrada. Se creía en la Antigüedad que el discurso daba sentido a la acción porque revelaba al autor de algo nuevo y singular: seamos diciendo los claroscuros de nuestras singularidades, desde todas nuestros paisajes, de tal manera que creemos metáforas más allá de la letanía de una invariable Violencia colombiana. El 2010 requerirá de tales condiciones para una poética de los transcursos nacionales; el tiempo apremia.

*Historiador y docente de la Universidad del Rosario

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