Por: Santiago Gamboa

México, Colombia, narcos

EN CIUDAD JUÁREZ, LA PRENSA sale con las manos en la nuca ante el poder del narcotráfico. En su editorial, El Diario de Juárez titula: "¿Qué quieren de nosotros?", y les pregunta a los capos "qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos".

Reconoce que los carteles son “las autoridades de facto en esta ciudad, porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se lo hemos exigido. Es por ello que, frente a esta realidad inobjetable, nos dirigimos a ustedes para preguntarles, porque lo menos que queremos es que otro más de nuestros colegas vuelva a ser víctima de sus disparos”. Esto lo escriben cuatro días después de que un segundo periodista fuera asesinado. “Ya no queremos más muertos. Ya no queremos más heridos ni tampoco más intimidaciones. Es imposible ejercer nuestra función en estas condiciones. Indíquennos, por tanto, qué esperan de nosotros como medio”.

Y más: “Para conseguir la legitimación que no obtuvo en las urnas, (el presidente Felipe Calderón) se metió —sin una estrategia adecuada— a una guerra contra el crimen organizado, sin conocer las dimensiones del enemigo ni las consecuencias que esta confrontación podría traer al país”. Y sentencia: “En ese contexto, los periodistas también fueron arrastrados (…), porque los trabajadores de los medios han sido amenazados, han realizado investigaciones sobre el crimen organizado y han estado en medio de esta guerra como testigos privilegiados a la vez que intimidados, pero aún así, nunca recibieron de su gobierno los mecanismos de protección especial que subrayó como indispensables”.

Esto pasa en México, por estos días, y todo el mundo cita a Hillary Clinton, cuando habló aquí de “colombianización”. Y es cierto. Pobre México. Pero cuando lo pienso, pasando unos días en la Universidad Veracruzana, en Xalapa, sólo me queda desearles que la “colombianización” sea completa: es decir, que los jueces sean capaces de condenar y sentenciar, a pesar de las amenazas, aceptando que el narcotráfico está en todos los estamentos sociales y políticos. Que no es un cuerpo separado: ellos allá, los malos, y nosotros acá, los buenos. No. Están dentro de nosotros, entrelazados, sus células invaden las nuestras. Por eso la fuerza militar no basta. Los jueces, magistrados y fiscales en Colombia hicieron un extraordinario sacrificio en la guerra contra los carteles, y se reforzaron. ¿Cuántos cayeron? Gracias a ese combate de los años noventa pudieron enfrentar después la parapolítica, y defender su independencia e incluso diría: salvar al país y su Constitución. Es esto lo que falta en México. Cuando los jueces tengan el valor de investigar y condenar a senadores, alcaldes, empresarios, ministros o concejales corruptos, el narco empezará a debilitarse. Y la prensa es la gran aliada de este proceso, para el que se necesita un gran valor individual. Escribo esto en uno de los diarios que más caro pagó por la libertad de informar, y que siguió adelante, contra viento y marea. Es la otra “colombianización” que les deseo, y con mucha urgencia, a mis queridos amigos de México.

 

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