Por: Marcelo Caruso A.

México, Colombia y el bonapartismo

En un clima soleado que se transformó rápidamente en un frío muy similar al bogotano, indígenas y afros mexicanos ungían en el Zócalo al asumido presidente Andrés Manuel López Obrador y le entregaban un simbólico bastón de mando. Al mismo tiempo, la residencia presidencial de Los Pinos se convertía en un parque visitado ese día por 50.000 personas y se vendía el avión presidencial.

Una rara mezcla de alegría y reflexión crítica nos rodeaba a los latinoamericanos invitados por el Partido del Trabajo: por un lado, escuchar 100 puntos de un programa que está muy por encima del asistencialismo autofinanciado que nos proponen en nuestro país, y que son la cara cercana al pueblo de una propuesta de avance hacia un coherente Estado de bienestar; y por otro, la preocupación de pensar en los poderosos intereses a ser afectados y dispuestos a impedirlo, algo que el orador nunca mencionó como amenaza.

Al verlo casi levitar en el escenario y conectar muy directamente con el pueblo que inundaba la plaza, con una estética del poder que pasaba por encima de todo tipo de organización social, política o étnica, nos vinieron a la mente las semejanzas entre Colombia y México y la recurrente categoría del bonapartismo, confundida con el populismo.

Las luchas de los pueblos de México y Colombia tienen en común que se han dado en contravía de los clásicos tiempos históricos. El campesinado mexicano hizo su revolución años antes del triunfo de la Revolución Rusa, y no es poco lo que pudo suceder si ambos procesos se hubieran articulado. El campesinado liberal colombiano se levantó en un masivo movimiento guerrillero pocos años antes del inicio de la guerrilla en Cuba, pero sus tiempos no dieron para generar relaciones entre ambas.

A fines del siglo XX, cuando ya se expresaba con claridad una regresión en las posibilidades de triunfo de las luchas guerrilleras, surge sorpresivamente la guerrilla zapatista en Chiapas, al mismo tiempo que crece la insurgencia armada en Colombia. Cuando los gobiernos progresistas en América Latina expresan un alto desgaste electoral generado por ofensivas imperiales que mezclan lo mediático con lo jurídico y lo militar, sin excluir sus propios errores, un candidato nacionalista popular arrasa en México con el sistema político electoral más perverso y eficiente del continente, al mismo tiempo que en Colombia los sectores progresistas y de izquierda obtienen el 42 % de los votos presidenciales. Se podría afirmar que son simples casualidades, pero un análisis más científico de la hechos encuentra que tienen mucho en común: un fuerte componente nacional popular en cabeza de líderes caudillos como Gaitán y Cárdenas, y una presencia de organizaciones rurales multiétnicas plenas de rebeldía y creatividad como consecuencia de sendos procesos de reforma agraria incumplidos, compartiendo además un monobipartidismo asfixiante y muy enraizado en las tradiciones clientelares.

El bonapartismo fue definido como un proceso en el cual el gobernante se coloca, en apariencia, por encima de las distintas clases y sectores sociales y anuncia su intención de favorecer a todos por igual, sabiendo que para darles a unos debe quitarles a otros. En estos procesos el caudillo gobernante y el propio Estado logran una gran autonomía frente a la sociedad que los creó. Con el tiempo, el concepto de bonapartismo se fue enriqueciendo al identificar que se podía utilizar tanto para concentrar más la riqueza como para distribuirla, sin perder por eso su carácter mesiánico y suplantador. Fue utilizado por Hitler y Mussolini para asesinar a millones de judíos, gitanos y pensadores críticos, así como por Stalin para frenar brutalmente el pensamiento democrático y la acción transformadora que inundaba los primeros años de la revolución rusa.

Pero cuando el caudillo Lázaro Cárdenas recuperó la soberanía sobre el petróleo y los ferrocarriles para México, algo que en menor medida también hizo Perón, a ambos se los llamó bonapartistas “sui generis”, hoy diríamos nacionalistas progresistas. Ambos crearon grandes movimientos sociales y políticos, pero controlados por burocracias sindicales y políticas que fueron manejables mientras ellos vivieron. En Colombia ya se ha vivido el bonapartismo mesiánico, que en aras de ganar una guerra no reconocida violó todos los derechos humanos, mientras repartía prebendas en reuniones del “Estado comunitario” en las que se colocaba por encima de la institucionalidad y sus partidos, y en comunicación directa con su preseleccionada franja del pueblo.

Son enseñanzas que AMLO deberá tener en cuenta para agudizar el carácter “sui generis” de su propuesta, complementando su proyecto de democracia consultiva con la organización de los sujetos sociales y políticos conscientes que la llenen de contenidos transformadores y eviten los riesgos del bonapartismo.

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2018-12-08T00:00:52-05:00

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