Por: Alejandro Gaviria

México vs. Brasil

A comienzos de 2011 el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) presentó un estudio sobre las perspectivas económicas de los países latinoamericanos. El estudio identificó dos grupos de países.

El primero, representado por Brasil, incluía a los países exportadores de materias primas, a los beneficiados por el despegue económico de China y el aumento en los precios del petróleo, el carbón, el cobre, la soya, etc. El segundo grupo, representado por México, incluía a los países maquiladores y exportadores de manufacturas, a los perjudicados, entre otras cosas, por la crisis económica de Estados Unidos y el mundo desarrollado. El grupo brasileño, sugería el estudio, exporta lo que China compra (materias primas); el grupo mexicano, lo que China vende (manufacturas).

La economía de Brasil lucía, entonces, imparable, vivía un momento mágico, caracterizado por unos crecientes flujos de inversión extranjera, una expansión acelerada del crédito y un crecimiento sin precedentes de la clase media. La economía de México, por el contrario, lucía derrotada, vivía un momento miserable. Sufría de una doble maldición: había sido, primero, desplazada por China del mercado de Estados Unidos y, más tarde, golpeada duramente por la crisis global. En fin, Brasil resumía todo lo bueno y México todo lo malo de la realidad económica latinoamericana.

Brasil tenía, además, buena prensa. Los subsidios a las familias de bajos ingresos, que habían sido primero puestos en práctica en México, eran considerados un ingenioso mecanismo redistributivo en Brasil y un ardid populista en los otros países de la región. La expansión del crédito de consumo se presentaba, en el caso de Brasil, como una consecuencia positiva del crecimiento de la clase media y, en los otros casos, como un resultado negativo de políticas irresponsables o imprudentes. “Brasil tiene una ventaja, es el segundo equipo de casi todo el mundo”, escribió alguna vez un economista dado a las analogías futboleras.

Pero en poco más de un año la situación ha cambiado dramáticamente. La economía de Brasil ha dejado de crecer. Los analistas internacionales están anunciado un fin inminente del momento mágico de Brasil. La caída en el precio de las materias primas, dicen, ha empezado a mostrar las debilidades del capitalismo brasileño. Mientras tanto la economía mexicana, a pesar de la violencia y los monopolios, se ha recuperado de manera sorprendente. La revista inglesa The Economist señaló recientemente que las perspectivas económicas de México son mejores que las de Brasil. Un ejemplo lo dice todo: mientras Brasil decidió bajar la tasa de interés con el propósito de incentivar la compra de vehículos por parte de los consumidores nacionales (ya sobreendeudados) y así favorecer su industria automotriz, México no necesita este tipo de maniobras cuestionables, ya está exportando carros a medio mundo, incluido China.

En Colombia deberíamos mirar más hacia México que hacia Brasil. México ha sido un innovador en políticas sociales, ha evitado la reprimarización de su economía, ha consolidado varios sectores industriales de clase mundial, ha logrado sostener una tasa de desempleo inferior a 6% y posee una economía abierta, mejor manejada que la de Brasil. Todo esto, para mayor mérito, a pesar de la violencia del narcotráfico. Brasil probablemente tiene más glamour. Pero me quedo con México. Viene de atrás y seguirá de largo.

 

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