Por: William Ospina

México y Colombia

(Leído en la inauguración del Festival Visiones de México, en el Centro Cultural García Márquez)

El poeta Enrique González Martínez recomendaba torcerle el cuello al cisne de engañoso plumaje, y eso fue lo que hicieron, en México y en Colombia, los poetas Ramón López Velarde y Luis Carlos López: contrariar la ceremoniosidad republicana, hablar desde el corazón y no desde los estrados oficiales.

Nos gusta oírle decir a López, el de aquí: Oh luna, en tu silencio te has burlado,/ De todo, en tu silencio sideral,/ Viste anoche robar en despoblado/ Y el ladrón era el juez municipal.

Como nos gusta oírle decir a López, el de allá: Suave patria, vendedora de Chía,/ Quiero raptarte en la cuaresma opaca,/ Sobre un garañón, y con matraca,/ Y entre los tiros de la policía.

Esos López preferían la suave patria a la gloria inmarcesible. Sintieron la afinidad profunda entre nuestros pueblos. Para nosotros México siempre significó hospitalidad: desde los tiempos locos del siglo XIX, cuando José María Melo, quien había combatido en Junín y Ayacucho, y que después había gobernado a Colombia, murió en Chiapas en las filas de la Reforma de Benito Juárez; y desde los tiempos en que Barba Jacob con sus primeros poemas campesinos y Pelón Santamarta con sus primeros bambucos viajaron a Veracruz a buscar otras caras de su patria, y sembraron en un suelo que parecía extranjero su letra y su música.

En el escritorio de José Asunción Silva, después de su suicidio, se encontró una copia de su propia mano del poema La Duquesa Job, del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera: Mi duquesita, la que me adora,/ No tiene humos de gran señora,/ Es la griseta de Paul de Kock,/ No baila Boston, y desconoce,/ De las carreras el alto goce,/ Y los placeres del five o’clock.// Si alguien la alcanza, si la requiebra,/ Ella, ligera como una cebra,/ Sigue camino del almacén,/ Pero ay del tuno si alarga el brazo,/ Nadie lo salva del sombrillazo/ Que le descarga sobre la sien.// Toco, se viste, me abre, almorzamos,/ Con apetito los dos tomamos/ Un par de huevos y un buen beefsteack,/ Media botella de rico vino,/ Y en coche juntos vamos camino/ Del pintoresco Chapultepec.

Allí descubrimos la música profunda que unía a esos dos lectores de Verlaine, contemporáneos y almas gemelas, que murieron tan jóvenes y que echaron a volar la música que después Rubén Darío llevaría hasta el otro lado del mar. Desde Colombia se escucha nítido el palpitar del corazón de México. Y como lo expresé hace poco en una columna que me valió un generoso saludo del embajador Salazar Adame, por eso cantamos tantos boleros al atardecer, tantos corridos a medianoche y tantas rancheras en la madrugada. También vivimos como cosa propia la prosa de Alfonso Reyes, esa música de cámara de la lengua española, y el descenso al Hades de Juan Preciado, con la aclaración de que la palabra páramo suena más fría aquí que allá. Rondan la memoria de nuestros poetas versos de mexicanos que aquí dejaron una fracción de sus vidas, como Carlos Pellicer, de quien su amigo Fernando Charry Lara me reveló esta estrofa que basta para saber que es un gran poeta: Hoy hace un año, junio, que nos viste,/ Enamorados, juntos, un instante,/ Vuélveme a ese momento de diamante/ Que tú en un año has vuelto piedra triste.

Para el niño que fui hace medio siglo, México era una tierra mágica que sólo existía en las canciones y en el celuloide. Eran tan familiares el rostro soberbio de María Félix y los discursos de Cantinflas, el cuello arqueado de Dolores del Río y el rostro historiado de Agustín Lara, como las dobles cananas de Emiliano Zapata y los edificios pintados por los muralistas. Y cuando me fue dado llegar a México, que para mí era parte de la mitología, y sentir su maíz y su agave en el viento, comprendí que somos lo bastante cercanos para que fluya la familiaridad y lo bastante distintos para que sea posible el asombro.

Nos llegaban también voces de colombianos que habían ido a buscar esa otra parte de la patria que aquí no encontraron. No hay que olvidar que buena parte de la literatura colombiana se ha escrito en México, y eso significa que allá se escucha también el palpitar de Colombia, que esos exiliados por la necesidad o por la voluntad, Porfirio Barba Jacob y Leopoldo de la Rosa, Germán Pardo García y Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Fernando Vallejo, Leo Matiz y Rodrigo Arenas Betancur, Eduardo García y Marco Tulio Aguilera, entre tantos, cuanto más vivían en México más sentían palpitar memorias del sur, de modo que estar allá era apenas una manera de afinar el oído para sentir más viva su infancia y escuchar el río de las generaciones perdidas.

Dos pueblos no pueden buscarse tanto y enlazarse tanto si no hay una afinidad poderosa y secreta. Oigo a Alfonso Reyes salir en defensa de Guillermo Valencia cuando los nuevos poetas colombianos querían dinamitar su estatua; oigo a Hugo Gutiérrez Vega hablándome en el Escorial de su admiración por José Eustasio Rivera; oigo a Carlos Monsivais hablándome en un largo almuerzo londinense de los poetas, artistas y directores de cine colombianos que prefería, mostrando su vivo y minucioso conocimiento del discurrir de la cultura en nuestro país, y me digo que a pesar de tantas distancias oficiales nos hemos escuchado mucho y seguiremos haciéndolo.

Aprendemos a descifrarnos cada uno en el espejo del otro, así como García Márquez supo cuál sería el tono de la más colombiana de las novelas cuando sintió el tono de la novela más mexicana. Las distancias apartan las ciudades, pero los mitos de la tierra y los caminos de la lengua unen los corazones.

 

 

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