Por: Diana Castro Benetti

Mezcla de amores

De amores todos sabemos. Vamos, regresamos, dejamos ir y con o sin recelo se va repartiendo el corazón. Hay amores dulces que surgen sin avisar y otros que, amarrados a las patas de las camas, no conocen las despedidas de amor. Los hay tan ciertos que no tienen un por qué o, hay otros, más egoístas que se enconan aún cuando se les desaloje los sábados.

Y pasa que con los amores, las aventuras se hacen pequeñas al compartir cobijas o se vuelven mitológicas si asaltan las furias desde sus islas. Los amores, sabemos, pueden ser amplios, abiertos, de parques y tan visibles como los secretos. Cada amor puede volverse despreocupado como el universo o muy generoso y olvidarse de sus deseos. Cada cual hace de su prosa su mejor poesía y olvida disgustos, enredos y voluntades cuando el otro acerca respiraciones.

Y hay también amores más allá de los poros que florecen cuando un jacarandá respira o cuando, en las noches, se mudan las ballenas. Hay amores por el oficio, que es sacro, y amores por los mares, por las nubes y por un planeta que camina. Estos van siendo de esas pasiones que comparten panes y hacen de lo fraterno el único entusiasmo; una vía en la que, a veces, los amores no terminan porque ni se atan ni se despiden y son para estar y seguir estando.

Pero, más allá de los encuentros insípidos o apasionados, sentarse en silencio sin hacer nada es la semilla del amor que ofrece. En el yoga, el permanecer quieto es la técnica de la humildad porque abre las puertas a la compasión y al sentido de la comprensión sin juzgar ni juzgarse, observando, escuchando, percibiendo. Por milésimas de segundos, hace de esta fuerza poderosa una felicidad sin trucos y sin ropajes de objetos.

Amor es lo que se ofrece cuando se cierran los ojos para que, en la confusión de una madrugada, nos recorran las corrientes de lo que somos; esas cascadas que invaden la espina dorsal y que dejan abiertas las ventanas de un corazón en paz y ligero. Por eso, cuando llegan los amores sólo hay que respirar profundo y dar gracias por estar vivo. Quietud profunda para dar a otros todos los amores mezclados y fuera del matiz de la moralidad.

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