Por: Luis Carlos Vélez

Mi abuelo

Mi abuelo me enseñó a manejar. Cuando los autos tenían que calentarse antes de salir, mi madre me pedía que lo hiciera para ahorrar tiempo. Sin embargo, ella nunca se imaginaba que esos minutos de supuesta preparación y puesta a punto de su carro eran el momento en que mi abuelo y yo salíamos a dar vueltas a la manzana. Era nuestro secreto. Nos teníamos tanta confianza que sabíamos que mi mamá se enredaba casi media hora antes de salir de casa, por lo que, muy prestos, apenas ella se metía a la ducha, mi abuelo y yo cogíamos las llaves de su Chevrolet Chevette aguamarina para manejar a gusto por el barrio.

Mi abuelo era un tipo genial. De bigote y pelo blanco, siempre de corbata, gozaba de un encanto natural. Aunque pasaba temporadas de tres meses y a veces hasta seis en Bogotá, lograba que sus días en casa fueran recordados por propios y extraños. Saludaba de nombre y como el mejor amigo a todas las personas con las que interactuábamos a diario y muchas veces no sabíamos cómo se llamaban. En el banco, el supermercado, la droguería y el sastre, cuando íbamos sin él, nos preguntaban directamente por “don Luchito”. De él entendí que llamar a la gente por su nombre es la mejor inversión en toda situación.

Si no fuera por él, quizás no estaría escribiendo estas líneas. Ya en la universidad, él era mi cómplice para hacer los turnos más duros de radio que me asignaban sin pago. Sábados, domingos y festivos me despertaba a las 5:15 a.m. para darme un banano y un jugo de naranja para ir a trabajar y aunque muchas veces quise tirar la toalla y hacerles caso a mis padres de dedicarme a estudiar, sabía que a él lo emocionaba nuestro pequeño ritual madrugador. Por eso seguí haciéndolo.

De mi abuelo también aprendí sobre la lealtad. Tuvo seis hijas y un hijo. Fue un hombre de familia que trabajó para sacar adelante a su tropa. Era distribuidor de hilos Cadena en Trujillo, Perú, y hacía mercado en costales porque cada año éramos más los nietos que lo visitábamos en su casa al final del año. En uno de sus viajes a Colombia fui testigo de una discusión que tuvo con mi abuela. Ella lo regañaba con insistencia por querer ir al estadio con mi papá. Ella no quería que continuara con su costumbre de ir a la cancha domingo, miércoles, domingo con mi padre. Estaba preocupada de que nuevamente explotara un petardo, como había pasado en el partido anterior en el estadio, en plena época de los carteles. Sin embargo, él, que muy pocas veces hablaba duro, le dejó claro que no estaba en sus planes dejarlo morir solo.

Mis papás decidieron mi nombre en honor a sus dos padres. Luis Marroquín y Carlos Vélez. De ahí la combinación de novela venezolana de mi nombre. El abuelo Carlos, pensionado del Sena y miembro de la Armada, nos dejó hace unos años y este fin de semana el abuelo Luis, o Luchito, se fue, sin aspavientos como todo en su vida, mientras dormía en su casa en Lima. Sin embargo, en ambos casos siento que no se han ido del todo, no sólo porque los recuerdo todos los días en mi nombre, sino que como todos mis primos, cada vez que me veo en el espejo encuentro algo familiar de ellos.

Somos nuestros padres y nuestros abuelos. Ahora con una hija, por fin entiendo lo que significa el misterio de la prolongación de la existencia. Adiós, Luchito, te pido perdón por no haberte entrevistado, para nuestro consumo, como tantas veces quisieron tus hijas que lo hiciera, pero como entenderás, no quería que supieran de muchos otros secretos que guardo en mi corazón. Porque para eso son los abuelos, para malcriar y guardar secretos del corazón.

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