Por: Humberto de la Calle

Mi Álvaro Gómez

Circula en las redes un viejo video en el que Álvaro Gómez desnuda el “régimen”. Es una radiografía profunda. A su juicio, el régimen, como un todo, está regido por un motor invisible: la complicidad. Tiene razón. Es un testimonio muy lúcido de una peste que ahora se ha expandido hasta límites inverosímiles, adobada por el big bang de una corrupción desenfrenada. Casi nada de lo que constituye el régimen, la palabra que Álvaro prefería usar, escapa hoy a la enfermedad.

Es el Álvaro del final. Se acercaba ya a la muerte indigna que constituye una cicatriz imborrable. Porque Álvaro recorrió un interesante camino evolutivo que lo trasladó, de lo que en los años 50 se calificaba como la caverna, a una visión valiente de la política.

A una edad tan corta que en vez de vivencias lo que tengo es historias, mi familia fue desplazada de Manzanares por el violento ultimátum de las fuerzas conservadoras. Mi padre perdió su finca y trasteó con su familia a Manizales.

Como una nube espesa, para los liberales de la época Álvaro era el hijo del Monstruo, Laureano, a quien se le atribuían males bíblicos. Vino la época de sus diatribas, la república invivible, la denuncia de las llamadas “repúblicas independientes”, su oposición a la reforma agraria, su tesis sobre el desarrollismo que fue como la gestación de la práctica del goteo, auspiciada luego por Reagan y la Thatcher, épocas de violencia verbal y física que condenaron a Álvaro a una imagen tan radical hacia la derecha que provocó un fenómeno extraordinario: casi cualquier rival de Álvaro estaba “condenado” a ganar las elecciones. Todo ello sin que importara mucho para esa masa liberal mayoritaria cuál era su verdadero pensamiento y qué de lo que se le atribuía era genuino.

Ya en la campaña frente a Virgilio Barco, comenzó a aparecer un Álvaro distinto. Una apertura hacia el divorcio. Una sorprendente postura heterodoxa sobre la legalización de la droga. Y el mensaje de condena a las costumbres políticas que, con algo de miopía, el viejo Partido Liberal, ya un poco asmático, calificó como una muestra más de sectarismo alvarista, sin darse cuenta de lo que venía piernas arriba.

Años después, triunfante César Gaviria, puso en marcha la Constituyente de 1991. Álvaro fue uno de sus copresidentes. Quien esto escribe, como ministro de Gobierno, fue el vocero del Gobierno en ese órgano. Álvaro encabezó una lista bastante heterogénea, muestra ya de una evolución política que tomaba distancia del pasado, aunque mantenía una línea de orden y autoridad y de alerta frente a lo que consideraba desviaciones peligrosas desde la izquierda. En las primeras de cambio, hubo una alianza tácita con la AD M-19 para lograr el dominio de la Asamblea en demérito del fraccionado liberalismo. No obstante, se guardó un sano equilibrio que permitió un constructivo ambiente de consenso. Aunque tuvimos diferencias sustanciales, Álvaro buscó caminos genuinos para abrir el nuevo orden constitucional. No quiero decir que abandonó la derecha, pero sí que una revisión del Álvaro tardío mostrará que hay distorsiones en el mito. Hasta el punto de que los alvaristas supérstites —algunos en el autodenominado Centro Democrático— hoy son más “alvaristas” que Álvaro.

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2019-09-22T00:00:21-05:00

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