Por: Brigitte LG Baptiste

Mi cuerpo, una nación

Hace unos años visité un comercio en Girona, la capital de uno de los cuatro países catalanes, y escuché al dependiente alegar contra ciertas medidas del gobierno autonómico (la Generalitat) e invocar la necesidad de independizarse… de Cataluña.

Imaginé en ese entonces discusiones en los bares de una ciudad con cerca de 100.000 habitantes y 20 siglos de historia, despotricando contra las imposiciones de Barcelona, la capital, que a su vez promueve hace siglos mayores niveles de autonomía con los resultados evidentes del domingo pasado.

Meses más tarde recorrí el Val d’Aran, unas decenas de kilómetros al noroeste sobre el Pirineo y encontré la misma actitud independentista, esta vez de una pequeña comarca que hasta hace pocas décadas permanecía realmente aislada del resto del mundo durante el invierno; de ahí la persistencia de cualidades identitarias muy marcadas. Así nació y vive Andorra desde el siglo 13, con siete parroquias, 80.000 habitantes y menos de 500 km2, toda una nación pirenaica.

Como miembro de una minoría social reconozco las dificultades que representa armonizar el ejercicio de las libertades individuales con la construcción de acuerdos colectivos en escalas agregadas, el objetivo final de la política.

Mi cuerpo, afirmo, es ante todo mío y escojo con autonomía y plena responsabilidad el ejercicio de género, una sexualidad y una posición respecto al carácter solidario de la alianza familiar, mucho más allá de la sangre. Pero debo reconocer que, como a muchas personas les debe pasar, sufro conflictos entre la razón y el corazón, o, como planteó Descartes, entre mente y cuerpo.

Siento que mis emociones me traicionan. Hay ideas que me revuelven el estómago. Hay días que pierdo completamente el sentido de identidad frente al espejo, sobre todo cuando me veo obligada a compartirme con los virus de alguna peste común. Lucho por disciplinarme todos los días…

Dos párrafos para referirme a la experiencia de la integración y la desintegración de los sistemas de referencia políticos a través de los cuales actuamos en este planeta: el cuerpo, como territorio, el territorio como Nación.

Hay muchos otros ejemplos o niveles de relacionamiento que requieren resolverse mediante el comercio de diversos asuntos, desde la obra que elaboro en la intimidad y se constituye en esta columna de prensa, hasta los sacrificios a los que me veo obligada como ser humano por las decisiones inconsultas de muchos países que utilizaron mi porción de atmósfera como basurero.

Hace 200 años Mary Shelley imaginó una criatura ensamblada de partes de otros cuerpos y compartió las angustias de la vida hecha a retazos en un contexto cultural incapaz de valorarla: un problema de agregación similar al que creó la Ley 388 de ordenamiento territorial en Colombia, el origen del caos que hoy vivimos en la planeación y que amenaza derrumbar niveles básicos de integridad de la Nación a raíz de conflictos nunca resueltos siempre pospuestos en la distribución de responsabilidades entre los actores sociales.

No hay un orden natural inexorable que determine cuál es la mejor estructura para gobernar un territorio, mucho menos el cuerpo como algunos pretenden, pero sí hay una condiciones sistémicas que permiten mejorar la conectividad entre niveles de complejidad de manera que permitan sacar lo mejor de los procesos de autoorganización, es decir, de la participación democrática.

Un buen ejemplo es la constitución de familias diversas, el reconocimiento formal y operativo de las organizaciones de base indígenas, campesinas, afro, de pescadores, de mujeres o de artesanos y la promoción del emprendimiento responsable, gremial y a nivel corporativo. Para ello, hay que hacer más y mejor política. Sobra el ESMAD.

* Directora general del Instituto Humboldt.

 

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