Por: Isabella Portilla
Cabeza de Medusa

A mi mamá 

“Ai que prazer/ não cumprir um dever,/ ter um livro para ler/ E não o fazer!/ Ler é maçada,/ Estudar é nada./ O sol doira/ sem Literatura…” Pessoa.

Afuera hace calor, el cielo está azul. Y se supone que mientras escucho a este hombre que tengo al frente debo entender las teorías de Foucault, Agambem y, de paso, las de Negri y Hardt. ¿Saben que me gustaría? Me gustaría desprenderme la cabeza y dejarla aquí, sobre el pupitre, para que asimile a los filósofos de la biopolítica, mientras agarro el cuerpo de las dos puntas y me lo llevo a que sienta el gozo que siente un perro cuando se asolea.  

Pero estoy aquí, casi obligada por mí misma, en este salón de clases, donde mis compañeros escuchan en silencio, donde todos entierran muy hondo lo que piensan. Lo entierran tan hondo que cuando vuelvan a hablar solo podrán decir estupideces.  

Y no es que no disfrute aprender. Solo que a veces el mundo académico me deprime. 

Cuando era niña no estudiaba. Me la pasaba en el jardín brincando, echándoles tierra en los ojos a otros niños y haciendo todo lo que había en mí de caracol y de coneja a la vez. A los caracoles y a los conejos no parecía importarles, me miraban como si estuviera hablando un gran idioma. Y a mi papá tampoco le preocupaba. Él creía que las mujeres no necesitaban estudiar: al fin y al cabo iban a casarse. La misma mañana que se lo oí decir, agarré el primer libro que vi y me puse a leer. Desde entonces no he parado. Era insoportable la idea de tener una vida semejante a la de mi madre.

@isobellack

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2019-05-06T14:46:12-05:00

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A mi mamá 

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