Por: Nicolás Rodríguez

A mí me respeta

SI HAY UNA EXPRESIÓN QUE LE GAna en soberbia y chabacanería a la muy común "usted no sabe quién soy yo" esta es, de pronto, la también frecuente "usted a mí me respeta".

 

Por lo general la emplean los hombres con poder (y muy seguramente una que otra mujer) para infundir miedo en tono de amenaza. Se lo he escuchado varias veces a policías, militares, banqueros, profesores y periodistas. Es el lenguaje de los gallitos finos. Y los políticos, evidentemente, lo practican todo el tiempo.

Al expresidente Uribe no hay término que le guste más. En una entrevista reciente con Ernesto Samper no tardó en lanzarle el respectivo “a mí me respeta”. Unos días antes, también en W Radio, el turno fue para la periodista Camila Zuluaga, quien le preguntó (como se lo preguntarán la mitad de los colombianos) si realmente no estaba al tanto de la corrupción en que están involucrados sus más cercanos colaboradores. “Niña”, le dijo (con ese machismo tan respetable que ve en las mujeres eternos menores de edad), “a mí me respetas”.

Y así, alzando la voz, con regaños e intimidaciones (cuando no es con amenazas), exigiendo respeto aquí y allá, llamando a duelos permanentes con los unos y con los otros, sale el expresidente a defender la honorabilidad de sus funcionarios públicos.

Porque en el fondo de lo que se trata no es del derecho al buen nombre, como lo exigiría un ciudadano cualquiera (aunque cómo olvidar, ya estando ahí, el ya clásico “no fueron a coger café” con que Uribe se refirió, inicialmente, a los falsos positivos de Soacha), sino de la ostentación del honor como un valor supremo. Una suerte de amuleto para los elegidos.

Al final, el honor opera como un salvoconducto que garantiza respetabilidad. Y como es obvio con las licencias y permisos de exclusividad, pocos tienen acceso. Esa es la gracia de poder gritar “a mí me respeta”. Palabras más, palabras menos, otra forma de dominación.

 

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