Por: Beatriz Vanegas Athías

Mi nombre es Azucena Martínez, creo que si uno no sabe leer no sabe para dónde va (II)

Continúo con el relato de Azucena Martínez de Jerez, mujer líder, anónima, que ha construido más país que muchos políticos florideños que ahora le cierran el paso a su labor como fundadora y promotora de lectura en la biblioteca pública de Ciudad Valencia, en Floridablanca, Santander.

Mi tía Eudosia Arciniegas —era mi madrina de bautizo y mi tía— y su familia no eran de Málaga: eran del Cocuy, pero Málaga era la capital de la provincia y al llegar la carretera ellos se fueron para la capital de la provincia. Pusieron una panadería que se llamaba El Aviador. Mi tía madrina Eudosia nos enseñó todo. A ella le debo que cuando mis hijos empezaron a estudiar no tuve dificultades para ayudarles y verificar si la tarea que estaban haciendo quedaba bien o no. Y también mi papá sabía leer, porque como él era hombre sí lo dejaron ir a la escuela después de que Rojas Pinilla se tomó el poder, entonces hubo libertad para presos políticos y mi papá salió libre.

Todo eso que sufrimos: les metían candela a los trigales, qué miserables, y después para comer ellos mismos se llevaban el maíz, el trigo y hasta las cebollas de aquí para Málaga. Fue un éxodo terrible, la gente huía despavorida hacia Bucaramanga, Cúcuta, Bogotá y todas partes. Sufrimos mucho nosotros los llamados cachiporros. Y hoy: la misma historia aunque peor. Peor porque de todos modos ahora hay armas más sofisticadas con las que matan a los familiares de los desplazados, es como si la crueldad se hubiera refinado. Es muy feo, a mí me parece horrorosa la guerra, le tengo pavor, por todo lo que uno sufrió. Y por eso ayudo a la gente que viene desplazada, me acuerdo de todo lo que he pasado y no sé cómo podrá haber una manera de lograr que haya paz.

Mis tías y mi abuela tenían libros. Y resulta que cuando eso no había de esos armarios que hay ahora, sino que eran baúles y hasta muy poquitos forrados con cuero. Y una vez en una Semana Santa a mí los potajes del Jueves Santo me hicieron daño y el viernes no me llevaron al sermón de las siete palabras. A mi abuela se le quedaron las llaves, así que iba a abrir los baúles para ver qué guardaban ahí. Guardaban la Biblia y era prohibido leerla, la Iglesia no lo permitía, tenían razón porque ellos dicen un jurgo de mentiras. Y también en otro baúl tenían las novelas de Vargas Vila, que lo habían excomulgado y le había tocado irse para Cúcuta, después para los Estados Unidos, no sé dónde murió, pero las novelas sí las he leído.

Cuando llegué a Bucaramanga trabajé en una fábrica de textiles, confeccionando ropa. Como duré tres años sin hijos después de casarme, me volví una especial trabajadora para el jefe. Renuncié porque ese señor era muy buen patrón, pero no sabía manejar muy bien la empresa. Como mi papá sí era empresario, porque él tenía su fábrica de chocatos, además vendía telas, vendía cosas, tenía la mejor barbería de Málaga, tenía cinco puestos, entonces él hablaba mucho con la gente, la clientela que tenía era selecta, los sacerdotes de la provincia, los jueces, alcaldes, niños. Él a todo le hacía cuentas, si esta camisa tiene tantas piezas, entonces vale tanto. Pero este señor Luis, no. Nos daba a las obreras un suculento almuerzo para que trabajáramos, pero de las 90 sólo dos trabajábamos, las otras tendían papelones, mantas y se acostaban a hacer la siesta y ese pobre señor pagando almuerzos. Él compró las máquinas más modernas para que la fábrica rindiera, pero cómo iban a rendir, las máquinas no trabajan solas. Me dijo: mire, Azucena, usted me enseñó cómo hacer para que la fábrica progrese. Claro que yo sabía, cómo no iba a saber si cuando llegó a la biblioteca una enciclopedia de economía yo me puse a verla y ahí estaban las cuentas que yo veía hacer a mi papá, él era un adelantado.

Porque mi papá era un duro. Sabía de todo y la gente le decía que estaba loco. Él decía: Vea, los radios no van a ser así grandes como los que tenemos, en el futuro los radios van a ser chiquiticos no van a caber en el bolsillo. Y le decían: ¡Uy, no! ¡Está loco! Y es que la locura le venía por tanto libro que leía.

Continuará…

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2019-06-18T02:45:00-05:00

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Mi nombre es Azucena Martínez, creo que si uno no sabe leer no sabe para dónde va (II)

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