Por: Beatriz Vanegas Athías

Mi nombre es Azucena Martínez, creo que si uno no sabe leer, no sabe para dónde va (III)

Nuevamente cedo mi espacio a una mujer líder y anónima que ha construido más país que muchos políticos florideños que ahora le cierran el paso a su labor de promotora de lectura. Esta es la tercera parte de su historia.

Hace más de 40 años, en 1972,  llegué a este barrio (Ciudad Valencia)  adjudicado a personas que sólo ganaban el salario mínimo.  Las mujeres no podíamos trabajar porque eran sólo para tener niños, entonces con las trabajadoras sociales nos propusimos cambiar esa fórmula: ¿Por qué las mujeres no pueden trabajar? Es necesario que lo hagan. Me reuní con Doña Amalia y Doña Dora, pagamos a maestras de modistería y manualidades. Repartimos un boletín publicitando los cursos pero no llegó nadie a matricularse. Entonces dije a doña Amalia, pues toca persona por persona y no vayamos por la noche cuando esté el marido porque a él eso no le va a gustar. Así que íbamos en las tardes a visitar a  las señoras y a decirles que aprendieran modistería, sastrería, zapatería. Fue difícil, pero lo conseguimos. Hay varias que están pensionadas gracias a los oficios que aprendieron y pudieron ayudar a esposos pues con lo que ganaban no alcanzaban a  mandar al niño a la escuela.

Todo estaba por hacer cuando llegamos en 1972: había que pagar la cuota de la casa, los servicios, hacer aportes a la Junta de Acción Comunal porque no había sino unos bombillitos chiquiticos por ahí en cada esquina y eso era insuficiente, se necesitaba alumbrado público, el agua y después el gas. Haga las cuentas como mi papá. La plata no alcanzaba.

Luchamos mucho. Debo decir que fue el Doctor Galán Sarmiento fue quien nos cambió mucho la vida porque cuando él fue Ministro de Educación, pues nos dijo que si queríamos tener científicos en este país tenemos que mejorar la calidad de los estudiantes y que había que meterlos en el tema de las ciencias y del arte.  Entonces yo  entendí por qué mi madrina no solamente nos enseñó a sumar, restar, multiplicar y nos contó todos los cuentos de las mil una noches.  Cuando llegó a la biblioteca un tomo de esta obra literaria lloré al recordar,  aunque las maestras de ese tiempo tampoco sabían de ciencias, por eso no nos enseñaron. Allá en la gallera de la UIS él dio la conferencia y dijo que era necesario tener las facultades en todas las disciplinas del saber, entonces le dije: Doctor Galán, a nosotros nos educaron con la cartillita La Alegría de Leer y ese libro pasaba de generación en generación, no se podía dañar o caer al piso, no le podía caer agua, nada de eso, era muy sagrado. Entonces cómo vamos a hacer los pobres sin tener con qué comprar los libros. Él me respondió  que la salida era las bibliotecas públicas y las escolares.

Me convertí en la Presidenta del Comité de Educación de la Junta Comunal. Arrobas y arrobas de maíz se convertían en chicha para vender los sábados y levantar la escuela y luego la biblioteca. Y mire, hoy es la única biblioteca pública de Floridablanca. Y cómo es la vida, a mis ochenta años, un zurrón jovencito que parece más viejo que yo por sus ideas retrógradas, no nos deja la vida tranquila. Hablo del alcalde Héctor Mantilla. Un día abrí la puerta y había un panfleto, me agaché y lo leí, ese panfleto decía que tenía que ir inmediatamente a ejecuciones fiscales a pagar el impuesto y eso era como 26 millones. Entonces abrí el archivador y saqué un contrato del comodato y el panfleto -porque es que a eso no se le puede llamar documento- es una amenaza, que nos iban a desalojar.

Continuará…

867567

2019-06-25T00:00:51-05:00

column

2019-06-25T00:15:01-05:00

jrincon_1275

none

Mi nombre es Azucena Martínez, creo que si uno no sabe leer, no sabe para dónde va (III)

90

3710

3800

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Beatriz Vanegas Athías

Cómodos en la barbarie

Persiste la esperanza: 17 años de Ulibro

Mejor escribo sobre Roberto Burgos Cantor

Leandro o una pena que atormenta

No sabemos nada, sabemos todo