Por: Columna del lector

Mi padre era mortal y olía a madera

Por Cindy Bautista Vásquez

Jamás hasta el momento en que leí la conjunción de las palabras padre, versiones, fondo en un mismo titular me había preguntado en voz alta por quién era mi padre. Desde entonces, una tímida desazón estuvo ahí, imperturbable, constante, silenciosa. Me sentía hereje de la paternidad. Una vez allí, este sentir no hizo más que llevarme al origen de la herejía: el libro Padres en el fondo. Seis versiones de la paternidad.

Tras leer un fragmento que El Malpensante publicó en su cuenta de Instagram, decidí comprarlo por la simétrica correspondencia que encontré en lo leído, porque cada vez que escucho el adagio “padre cualquiera, madre sólo una” me paralizo ante la ligereza con la cual se trata la figura paterna, pese a lo escrito por Kafka o Freud.

Los seis autores de las seis versiones de la paternidad encuentran en sus relatos aquellas distinciones de sus padres, narran sus ausencias, sus contrariedades, sus influencias. Por ejemplo, André Aciman, escritor egipcio, relata cómo huele su padre y esa fragancia atraviesa todo un relato que pasa las fronteras de la vida del padre y comienza a dar atisbos de André o un personaje de él. Eduardo Halfon, escritor guatemalteco, advierte en un inicio la complejidad de la figura del padre, y nos da, en cambio, un relato de desencuentros y encuentros con la paternidad, una bella carta que escribe a un hijo que aún no nace.
Me parece justo decirlo, estas historias o versiones no resuelven la pregunta acerca de quiénes son sus padres. Resulta tal vez que las versiones, bajo el pretexto de hablar de sus padres, son la historia de cada autor o los personajes que fabricaron. La relación de la figura paterna y el hijo no es más que una manera de comprender la vida propia.

Seis escritores de diferentes latitudes se encargan de tejer el camino de la figura paterna. Además de los mencionados anteriormente, Javier Ortiz Cassiani recrea su infancia en Hato Viejo. Justo en el espacio de sus memorias están su padre y todas aquellas complicidades en medio de una calidez silenciosa. Fátima Vélez evoca a su padre en una profunda ambigüedad entre el amor y el odio, un famoso arquitecto progenitor de varios hijos y un carácter intransigente. Tim Kepple logra reunir en torno a las proezas y desafíos de la vida de su padre y la propia un pequeño espacio de intimidad. Finalmente, Andrés Unfield se remonta al pasado de su padre, pues encuentra en el tránsito de esa vida la medida exacta para hablar de los matices de la relación paterna.

Cuando terminé el libro estaba asustada por la correspondencia entre las historias y mi padre, cientos de padres en este mundo y el mío tienen retazos de las seis versiones de la paternidad. Me pregunto si, a pesar del propósito del libro de no encasillar la paternidad en un estándar, termina cayendo, por el peso de las casualidades, que la paternidad es imperfecta y ese ya es el único estándar. Gracias a este libro llegué al culmen de la herejía al cuestionar la figura de mi padre, al preguntarme por sus pasos largos, su imperturbabilidad, su amor, sus silencios. Y si tuvieran que preguntarme quién es mi padre, al igual que los autores del libro no tendría respuesta, pero diría que la barba de mi padre desprende un olor fuerte, uno que rezuma aplomo armonizado de un aroma a madera. Y diría finalmente que mi padre era mortal y olía a madera, que mi padre también me dijo alguna vez: sigue tu corazón.

 

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