Mi papá es pastor

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Por William Barrero

Las redes sociales exponen lo mejor y lo peor de la sociedad, y en lo segundo, las personas constantemente buscan ensañarse y destruir. Ese afán visceral de quienes se esconden detrás de una pantalla y un teclado para lanzar dardos llenos de veneno de alguna manera me afectó. Por eso quisiera compartirles esta historia.

La semana pasada leí una cantidad de mensajes difamatorios y agresivos hacia los pastores, comentarios sarcásticos y malintencionados donde no los bajaban de “ladrones, oportunistas, mentirosos y estafadores”. Inicialmente no quise prestar atención, ya que algunos famosos se han ganado muy bien esos adjetivos; pero, por otro lado, desde mi perspectiva, los verdaderos pastores son todo lo contrario. Luego pensé que sería una buena idea contar mi experiencia, ya que desde que tengo memoria he vivido con uno: mi papá.

No pretendo ni podré ser objetivo por los lazos de sangre que nos unen, ni tampoco pretendo defenderlos a todos; lo que quiero es describir con sinceridad cuál ha sido mi experiencia junto a él y hablar un poco del pastor que conozco.

Durante años cuestioné cómo entendía el éxito mi papá, ya que para mí era incomprensible el camino que tomó y lo que dejó atrás a la hora de aceptar el privilegio de ser pastor. Corrían los años 90 y una familia de clase media vivía en la capital: el esposo, profesor de un prestigioso colegio militar; la esposa, trabajadora independiente que estaba a punto de cerrar un negocio que muy seguramente garantizaría la estabilidad económica a largo plazo de la familia, y un niño de un año y algunos meses de nacido, yo.

Todo marchaba bien en una familia de cristianos consagrados que asistían a la iglesia central, cuando de un momento a otro renunciaron a sus empleos y comodidades para ir a trabajar en la obra del Señor a uno de los municipios más recónditos del departamento de Boyacá. Mis primeros recuerdos son los largos viajes en buses viejos, 12 y más horas de camino entre asfalto, carretera sin pavimentar y trochas, para llegar a ese lugar donde habitaban, entre otros, grupos al margen de la ley y existía un rechazo generalizado de la población hacia quienes no profesaran la religión tradicional.

Recuerdo que de niño en el colegio me daba vergüenza hablar de la profesión de mi papá; no parecía una tarea importante como la del médico, abogado, ingeniero o profesor, y me preguntaba realmente a qué se dedicaba, ya que hacía de todo: caminaba largas horas por “montes y collados” (como dice la canción) para visitar a personas que no querían recibirlo; iba por parques y esquinas hablando de buenas noticias a quienes lo miraban con desconfianza, y salía de madrugada a orar por enfermos y necesitados. Predicaba la palabra en un salón ubicado en la última esquina del casco urbano, frente al matadero del pueblo; pasaba horas estudiando la palabra de Dios, preparando el sermón del siguiente culto; organizaba campañas, retiros espirituales e ideaba estrategias evangelísticas que le permitieran hablarles a muchas más personas del amor de Dios. Así que pronto empecé a darme cuenta de que era un trabajo distinto y su significado lo enmarca una de las frases que le he escuchado a mi viejo cientos de veces: “Salvos para servir”.

Frases como “ya viene la quincena” o “esperemos el sueldo” nunca estaban en el vocabulario familiar; siempre escuché hablar de esperar “la provisión, la bendición, el sustento de parte de Dios”, que nunca fue fijo, pero más que suficiente para alimentarnos bien, vivir bien, vestir bien y para suplir todo lo que necesitábamos.

Mi viejo es reservado y poco efusivo, pero muchas veces lo vi entrar a la casa con una gran sonrisa, con sus ojos vidriosos y emocionado al contarle a mi mamá que la familia que había evangelizado por un tiempo tomó la decisión de entregar su vida a Cristo.

En mi mente están frescos los días que pasaba ensayando junto a mi tío; se dedicaban a afinar instrumentos, cambiar cuerdas, practicar segundas voces, subiendo y bajando tonalidades, preparando el repertorio que se iba a cantar en el impacto evangelístico. Cantaban y tocaban sus guitarras con pasión y sobre todo con una unción poderosa; lo hacían con gran entusiasmo aun sabiendo que el auditorio no era superior a 30 personas y el pago, $0.

El pastorado es una profesión muy humana, así que como lo vi reír, también lo vi llorar. Lo vi llorar al sentir la tragedia de algún hermano como propia, lo vi sufrir por comentarios peyorativos e injustos hacia él por situaciones que se salían de sus manos; lo vi llorar con angustia cuando alguna oveja cometía un error o no quería continuar en el camino. Pude observar a mi viejo quedarse en silencio y no discutir aun sabiendo que tenía la razón. Sea dicho de paso que también lo vi cometer errores, equivocarse y olvidarse de cosas importantes, pero su capacidad de bajar la cabeza y ofrecer disculpas es otra de las cosas por las que tanto lo admiro.

Cuando escucho a los Voceros de Cristo, los Hermanos Alvarado o los Clarines del Rey, me es imposible no recordar a mi papá de rodillas orando y clamando al Señor. Todos sabíamos que a menos que fuera algo de vida o muerte no se le debía interrumpir.

El tiempo ha pasado, este año cumple 25 años de ministerio, y a la distancia sigo observando que, aunque el mundo ha cambiado, muchas cosas en él siguen intactas. Cuando lo llamo está con la guitarra ensayando las canciones que va a cantar, o estudiando el sermón que va a predicar en el culto que por estos días es vía internet. Sigue pendiente de sus ovejas, preocupado por el bienestar físico y espiritual de cada una de ellas. Tiene un gusto especial por arreglar y remodelar la planta física de la congregación a donde Dios lo envíe. A la hora del culto se pone el mejor vestido, la mejor corbata y sus zapatos siempre relucientes; va al templo una hora antes del culto, dispuesto a hacer lo que lleva haciendo toda la vida: servirle al Señor.

¿Qué es lo que motiva a alguien que decide llevar este tipo de vida? Creo que la respuesta está dividida en tres partes: un profundo agradecimiento hacia el Señor, un amor muy grande por su obra y un deseo ferviente de ser instrumento útil en sus manos.

Las personas podrán seguir hablando y menospreciando la labor del pastor, pero para mí, que he visto su función de cerca, será todo un honor decir que mi papá gastó su juventud y está gastando su vida en la obra del Señor y en beneficio de muchas personas, convencido de que cuando aparezca el príncipe de los pastores recibirá la corona incorruptible de gloria.

Es tan positiva la influencia que he recibido de parte de él y tan noble su profesión, que este mes cumplo dos años de haber aceptado la misma labor.

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