Por: Jaime Arocha

Mi parte en el cumpleaños

La celebración de los 150 años de vida de la Universidad Nacional me da la oportunidad de destacar dos privilegios imposibles de lograr por fuera de su espacio de pensamiento. Uno, la investigación de terreno etnográfico en el Baudó, y otro no menos importante, el vínculo con un alumnado de cualidades excepcionales. Conocí a ese valle y su gente dos años antes de que guerrilla y paras lo convirtieran en infierno. Para realizar la pedagogía investigativa que apoyaba la Facultad de Ciencias Humanas, me acogió la aldea ribereña de Chigorodó sobre el alto curso del río Baudó. Allí sentí que yo tal vez sí tenía alma. Era la última noche del velorio por Wilfrido Palacios. Las cantaoras entonaban alabaos desgarradores cuya intensidad emocional amplificaban moviendo sus brazos hacia el cielo. Cuando llegó la madrugada y los deudos comenzaron a levantar el altar que llaman la tumba, experimenté algo muy parecido a que mi alma quería acompañar a la de Wilfrido en su viaje final.

Otra ocasión sublime fue la visita al arrozal que don Justo Daniel Hinestrosa tenía río arriba. Viajé en canoa con su esposa Fidelia y sus nietas, maravillado por los nombres que les daban a los árboles y las plantas de las orillas. De ver el arrozal como un claro caótico, con árboles en el medio y ramas sobre los bordes, pasé a comprender que ese agricultor —sabio en botánica— les delegaba la fertilización del suelo a lo que para mí habían sido obstáculos o residuos, al mismo tiempo que le permitía a ese ramerío albergar cucarrones, hormigas, mariposas, abejas y libélulas que depredaban las plagas. Los hongos que brotaban del suelo o se aferraban a los troncos eran sus comisionados para nutrir las semillas, cuyo producto recogía azotando las espigas segadas contra los lomos de una pequeña canoa que había subido desde el borde del agua sobre sus hombros. Esa mañana sentí cómo un alma sí podía tejerse con el verdor húmedo que la rodeaba.

Los viajes fueron en mayo y noviembre de 1992. Me acompañaron estudiantes que preparaban sus trabajos de grado y tuvieron vivencias comparables a las mías. Las tradujimos en narrativas que han servido de imanes para más aprendices de la etnografía chocoana. De ellos, Liliana Gracia, Andrés Meza y Daniel Varela se han convertido en mis maestros acerca de la vida campesina en comunidades del Atrato, el San Juan y el Baudó. Demuestran que arrozales como los de don Justo hacen parte de un entramado agrícola que contribuye a la sostenibilidad de la selva tropical, al mismo tiempo que origina y cimienta circuitos comerciales por los cuales circulan diez variedades de plátano hartón y 17 especies de banano con claras genealogías africanas. Siguiendo la usanza baudoseña, Meza llama socola a esa agricultura. Para Varela, los saberes del monte le dan tal resiliencia que ha logrado reparar daños culturales causados por la guerra, el destierro y la coca. Son conocimientos que podrán ser germen de cultivos verdes para nuevos mercados, si Estado y agencias de desarrollo comienzan a percibir a los afrochocoanos como innovadores ingeniosos. Contribuir al cambio de visión les corresponde a las nuevas generaciones de afrocolombianistas que —por fortuna— comienzan a ingresar como profesores de la Universidad Nacional.

* Miembro fundador, Grupo de estudios afrocolombianos, Universidad Nacional.

 

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