Por: Julio César Londoño

Mi primera vez

YO TUVE MI PRIMER COMPUTADOR cuando los terrícolas todavía andaban en Olivetti y hacían sus operaciones con regla de cálculo.

 

Reconozco que la regla es el ingenio más hermosamente simple y agudo de la historia de la civilización. Ante ella, el computador resulta aparatoso, así como una cámara oscura artesanal es más bella que los más sofisticados engendros digitales, sí, pero hoy el tema es mi primer computador. Para ser justos, hay que decir que nunca lo toqué, ni siquiera lo vi, quizá por esto nuestra relación fue inolvidable. Era una IBM Once-Treinta, pero los estudiantes la llamábamos la Once-Treinta a secas. Alguien oyó decir una vez que era como un armario de aluminio azul.

Era ubicua, claro, pero para efectos prácticos digamos que su cuerpo moraba en lo alto de la Torre de Ingenierías de la Universidad del Valle (Circa 1974). Los mortales no podíamos tocarla como pasa ahora con sus impúdicas descendientes y sus alcahuetas, el mouse, el clic, el dedo, el touch screen, la voz. Tampoco podía uno hablarle de manera directa. Ni siquiera en el prestigioso y dúctil inglés. Para dirigirse a ella había que estudiar previamente algún lenguaje de máquinas. Mínimo Fortran Cuatro. Era una lengua con signos oscuros pero con una sintaxis precisa porque las máquinas, se sabe, detestan la ambigüedad. Son criaturas serias. Por eso el Fortran no era una lengua para andar improvisando: primero se hacía un borrador, un mapa mental, un algoritmo gráfico, un dibujo de los pasos a seguir. Este dibujo se llamaba diagrama de flujo y estaba compuesto por rectángulos y rombos conectados por líneas rectas. En los rombos podía haber preguntas muy simples. ¿k = 7?

Una vez dibujado el diagrama, y sólo entonces, podía uno traducirlo a Fortran Cuatro. Esto se hacía, atérrese usted, a mano en unas hojas grandes de renglones verdes y blancos. Luego uno llevaba su hoja verde y blanca y signos oscuros a la Torre de Ingeniería, hacía antesala en el primer piso y al cabo de una larga espera podía subir al segundo piso y entregarle la hoja a una señora, que nos daba a cambio un recibo y una cita. Pero no crea que todo esto era cosa burocrática, no, es que la Once-Treinta no podía leer manuscritos ni porque vinieran en el solemne y austero Fortran Cuatro. ¡Faltaba más! Por esto es que la señora del segundo piso tomaba nuestros garabatos y los llevaba al tercero, donde otra señora los ponía, por fin, en la Lengua: tarjetas perforadas. Eran unos cartones apaisados de 18 centímetros de ancho por 8 de alto, con un chaflán en la esquina superior izquierda, filas de monótonos unos, filas de monótonos doses… y unas perforaciones diminutas y rectangulares. Hueco, no hueco, hueco, hueco… y así. Los caminos de las divinidades son inescrutables. También el chaflán.

Un programa sencillo requería por lo menos cincuenta tarjetas. Estas barajas eran aseguradas con bandas de caucho y transportadas al quinto piso, la inimaginable morada de la Once-Treinta, concretamente a una sala climatizada en la que no podía haber una mota de polvo (nunca supimos qué había en el cuarto piso).

Ella leía la baraja en fracciones de segundo, guardaba silencio un ratico y finalmente expelía un impreso en medio de unos chirridos incomprensibles, fonemas de bestia sagrada. x1 = - 4, x2 = 3, digamos. Este impreso era el contacto más cercano de los fieles con ella.

Si me hubieran dicho en 1974 que los computadores serían un día del tamaño de una cajetilla de cigarrillos y que todos los niños cargarían uno en el bolsillo de atrás, no lo habría creído. Es más, todavía no lo creo. Sé que todo es un sueño, que en cualquier momento me despertaré en un mundo lento donde todos andan en Olivetti y calculan con reglas.

 

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