Por: Ignacio Zuleta

Mi querida Machérie:

Me da mucho gusto saber que por fin decidiste venir a Colombia a practicar tu castellano. Aunque todavía tenemos fama, de origen mitológico, de que se habla bien en esta tierra, tendré que advertirte sobre algunos errores comunes, como el de dar de usted y de tú en la misma frase.

La movilidad social y geográfica ha puesto al país entero a tutear, pero sólo los antiguos tuteadores, nuestros queridos caribeños, lo hacen con natural desparpajo. Ya verás.

Disculpa que me distraje en cosas del lenguaje cuando en realidad quería comentarte, y disculpa la confianza, un tema que podría hacer amable tu estadía en el país: se refiere a l’odeur naturelle du corps. Encontrarás que este es un país recién bañado y desodorizado, con muy pocas excepciones andinas. En las ciudades, especialmente en las de clima cálido, hay costumbre diaria de ducha o de totuma (ya verás una) y casi todo el mundo utiliza los feroces desodorantes anunciados en la tele. Ya vamos también en la creación de la necesidad del desodorante para pies. Pocas cosas son más bochornosas para un colombiano como el golpe de ala o sobaquina, que ustedes aceptan como natural. Tú sabes que a nuestros estudiantes en Europa les preguntan si tienen enfermedades de la piel cuando quieren tomarse un baño diario, lo que a las caseras de tu tierra les parece un despilfarro de agua. Y la verdad es que somos inconscientes al respecto, ¡pero que vivan las diferencias culturales!

Si quieres que te huyan y te cedan al tiempo varios puestos en el bus, quédate sin bañar dos o tres días y evita el desodorante. Te garantizo que no harás ni un solo nuevo amigo, porque en Colombia las costumbres de las últimas décadas han hecho que lo que llamamos también grajo, y que consideramos contagioso, esté desapareciendo entre las clases media y alta. Yo sé. Tú eres ecologista, no te rasuras las axilas, no quieres colaborar con los fabricantes de esos venenos con aluminio y aborreces sus envases que mienten al declararse reciclables. En resumen, estás acostumbrada (en Chile dicen “el hediondo no se huele”, y apréndete el modismo). Pero te sugiero que aquí uses al menos la leche de magnesia, el limón o la piedra de alumbre como sustitutos naturales que quizás no repelan tu respetable tendencia naturista. Incluye en tus cuidados la lavada de la ropa. Si hay algo que consideremos aún peor que el sudor fresco es el trasnochado que se adhiere a las camisas y sale al día siguiente con sevicia.

Sin esas condiciones, además, no podría darte posada en mi casa, pues tengo un perro callejero criollo, un gozque, que ante una leve sobaquina se lanza a aullar y muerde. Vaya uno a saber qué trauma tiene. A mí me tiene a raya, y los domingos que salgo a ciclovía sin bañarme se niega a acompañar a su hediondo amo en el paseo. No quiero imaginar si llegaras al natural después del largo viaje desde Fráncfort y saliéramos los dos a darte una cordial bienvenida colombiana y decirte: ¡Machérie, venga te abrazo!

 

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