Por: Juan Gabriel Vásquez

Mi reino por un contradictor

Hace unos meses, como quizás sepan ustedes, se presentó en Madrid el último libro de Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo.

Es un libro hecho para provocar debate, a tal punto que uno tiene la tentación de inscribirlo dentro de una estirpe que ha dado algunas joyitas en la literatura latinoamericana: el panfleto. La civilización del espectáculo es un lamento, razonado pero pasional, por la lenta desaparición de una cierta idea de cultura en los tiempos que corren; y aunque me descubrí (para mi propia consternación, quizás) asintiendo varias veces, lo que quiero ahora no es meterme con las ideas del libro, que son muchas y jugosas, sino recordar esa presentación en Madrid. Fue una conversación, pero no una cualquiera: el interlocutor de Vargas Llosa era Gilles Lipovetsky, el filósofo francés cuyas ideas sobre cultura, sobre jerarquías artísticas, sobre la relación entre las artes y la sociedad de consumo, están muchas veces en las antípodas de las ideas defendidas en el libro que se presentaba. He sabido que alguien se lo dijo a Vargas Llosa cuando él propuso a Lipovetsky para la presentación, o en todo caso cuando surgió el nombre de Lipovetsky. “Pero si no comparte ninguna de tus ideas”, parece que le dijeron a Vargas Llosa. Y parece que Vargas Llosa contestó: “Pues por eso”.

Y es de esta anécdota sin importancia aparente que quiero hablar. “Por eso”, dijo Vargas Llosa, con lo cual quería decir: lo que quiero es debate, lo que quiero es un contradictor, y no uno fácil de confundir y de marear, sino un gran pensador francés, entrenado en el arte de la retórica como suelen estarlo los grandes pensadores franceses. Quiero alguien que me contradiga con seriedad y con inteligencia: con tanta seriedad, con tanta inteligencia, que yo corra el riesgo de acabar convencido. Todo eso parecía estar diciendo Vargas Llosa, y debo confesar que la postura me resultó admirable. Me hizo recordar ese momento de hace unos años en que Hugo Chávez retó a Vargas Llosa a un debate público en la televisión venezolana, sólo para echarse atrás tan pronto como Vargas Llosa aceptó el reto: quedó retratado el chafarote venezolano como uno de esos que se acobardan apenas les cogen la caña. No hay por qué sorprenderse, claro, pues Chávez funciona muy bien en el monólogo con audiencia contratada o cautiva, pero basta con un mínimo enfrentamiento —como el de aquella periodista colombiana que le hizo una pregunta sobre leyes electorales— para que recurra a la descalificación, a la intimidación o al insulto.

Pero me voy por las ramas: tampoco de Chávez quería hablar. Sí, en cambio, de la falta que nos hacen los contradictores, de la falta que nos hace el debate serio con gente seria capaz de convencernos. Ese debate de ideas —bien argumentadas, bien redactadas, producto de una buena lectura en que el contradictor ha entendido bien— brilla por su ausencia en los grandes medios colombianos. La única manera de aprender a pensar por uno mismo es rodearse de quienes piensan distinto, y sin embargo aquí estamos, leyendo el periódico que dirá lo que queremos oír, moviéndonos en una sociedad que asienta a todo lo que digamos o saboteando el debate que otro plantea con una intimidación, una descalificación o un insulto. Y así no vamos para ninguna parte.

 

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