Mi réquiem por Venezuela

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En un futuro, no sé si cercano o lejano, cuando se recapitule sobre este experimento fallido, catastrófico, delirante de un hombre que prometió ser un salvador y terminó convertido en un sepulturero, en ese futuro hipotético no solo se podrá reconstruir con imágenes la historia de Venezuela en los primeros veinte años del siglo XXI, sino que en esas imágenes se encontrarán las claves para entender por qué los venezolanos se demoraron cincuenta, setenta, cien años en superar la debacle y restaurar el país.

En esa galería de fotos y videos deberá estar la de Hugo Chávez, megáfono en mano caminando por la calle y ordenando la expropiación de inmuebles a dedo, a su antojo; la panorámica de Caracas sin las emblemáticas taza de Nescafé y la bola de Pepsi encima de los edificios, retiradas porque eran recordatorios del imperialismo; la de la gente rapándose el pollo congelado en los supermercados, con sus estanterías vacías al fondo; la de las miles de mujeres rompiendo el cerco de la Guardia Nacional para pasar a Colombia a buscar alimentos; la de José David Vallenilla, estudiante de 23 años, baleado a quemarropa por el sargento Arli Méndez, en una pugna desigual de piedras contra balas; la del coronel Bladimir Lugo expulsando a empujones al presidente del Congreso, Julio Borges, y afirmando que él maneja su unidad militar como le dé la gana; la de los congresistas golpeados a palo adentro de la propia Asamblea.

Todo está documentado hasta la saciedad, en tiempo real inclusive, y dimensiona, aunque América Latina no parezca notarlo, la magnitud de la catástrofe social, democrática, pero ante todo humanitaria, que se le vino encima a Venezuela, y que va a implicar no solo un gran baño de sangre sino un tiempo muy largo para volver al menos a las condiciones que se tenían en 1999, cuando arrancó la aventura chavista. Y no es que esas condiciones fueran las mejores.

Es tan desesperanzador que, en el fondo, lo de la economía destartalada y la destrucción sistemática de riqueza y del aparato productivo terminarán siendo lo menos difícil de reparar. Y las fotos y videos sobre el desabastecimiento serán un mal recuerdo, no más. Para eso están los petrodólares.

Mucho más tiempo debe tardarse recomponer la institucionalidad, por ese desmonte gradual del Estado que consiguió Chávez para dejarlo en la medida justa en la que pudiera controlarlo todo. Así, ubicó en los cargos del Tribunal Supremo, de la rama electoral, del control fiscal, a personajes de escasísimo vuelo intelectual, cuya única condición era obedecer las órdenes del ejecutivo. Así, dejó como heredero a casi un analfabeta en cuyas manos terminó de deshacerse el país. Así, masacró conceptos mínimos como la separación de poderes o el Estado de Derecho, y aunque mantuvo las fachadas ni siquiera respetó las formas.

Con todo, el daño más grande, en cuya reparación se le va a ir a Venezuela todo el siglo XXI, es el de la instrumentalización del odio como base de las relaciones sociales, políticas, cotidianas. Para poder reinar, Chávez radicalizó hasta el extremo la lucha de clases; dividió la sociedad entre ricos y pobres, sin posibilidad de diálogo e invitó incluso a que se largaran los que no estuvieran conformes: los escuálidos; los pitiyanquis. El odio que se respira hoy entre facciones, entre vecinos, entre familiares, es aterrador y es una semilla muy vigorosa para un siglo completo de nuevas violencias, en las que se malograrán varias generaciones.

A pesar de pequeños gestos, como la casa por cárcel para Leopoldo López, Maduro no piensa entregar el poder por las buenas; no puede, porque no es solo dar por concluida una “revolución”, sino quedar expuesto a terminar en la cárcel, con su Diosdado Cabello, y sus generales y coroneles, y sus magistrados del Supremo, y muchos de esos que aplaudían todo, hasta los malos chistes. Y que el mundo conozca cómo se quebró una nación; cómo se usó el erario y el petróleo para sostener a Cuba, comprar lealtades de republiquetas del Caribe, financiar a los nuevos ricos de la “boliburguesía”.

Lo que viene entonces es toda la violencia posible y por muchos años, porque aun en el escenario de que caiga Maduro, veremos, por un lado, un revanchismo feroz, una persecución encarnizada contra los que sostuvieron el régimen y se lucraron de él; y por el otro lado, se terminará de configurar una subversión, unos ejércitos irregulares, para defender el ideal socialista, unos, y los privilegios ganados, otros. Chávez alimentó ese modelo con sus milicias armadas y los predestinó para ser salvadores de su revolución.

En el caso contrario, o sea que Maduro no caiga y logre convocar su asamblea ficticia, entonces a la opción de las marchas se le debe empezar a sumar la alternativa de la resistencia armada. Venezuela es hoy, por donde se mire, una tierra fértil para la guerra civil.

El horizonte es tan abrumador, que aun con la alternativa de que el chavismo entregue el poder y se logren atenuar los coletazos violentos, el país va a quedar en manos de las mismas oligarquías que lo tenían hace veinte años; esas cuya corrupción, su carácter excluyente y sus proyectos privados por encima de los colectivos, terminaron pariendo al monstruo de Chávez.

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