Por: Reinaldo Spitaletta

Mi voto por una notaría

DESDE EL LENGUAJE OFICIAL SE HA- bla lindo acerca de la “profundización de la democracia” y para hacerlo no importa si hay que comprar “conciencias” para reelecciones presidenciales, aunque la “inteligencia superior” de este país diga que aquí, en el reino de la politiquería y la corrupción, no se apela al expediente de las transacciones, sino de la persuasión.

Con el enmascaramiento del lenguaje todo es posible. Incluso hacer creer al 84 por ciento de encuestados que habitan en una arcadia de mermelada y libertades públicas. Que, por ejemplo, si un voto para la reelección se cambia, digamos, por una notaría, es una jugada impecable, “persuasiva”, sin compra-venta. Y entonces, si la maniobra se complica, se puede decir que alguna implicada que abrió la boca es una “psicópata criminal”, sin credibilidad.

Recordemos algunos episodios de la “democracia profunda” colombiana, que desde hace rato la ha emprendido contra las Cortes. En los días en que se negociaba (bueno, se persuadía) la reelección, a fin de cambiar un “articulito” de la hoy ultrajada Constitución del 91, hubo, como en un tinglado montado a propósito, golpes a diestro y siniestro. El antiguo Mininterior (hoy embajador en Italia) advirtió que de no ser positiva la sentencia de la Corte Constitucional sobre la reelección, este organismo estaría sirviendo a “fuerzas criminales”.

Un dirigente conservador, de cuyo nombre no quiero acordarme, no se ruborizó (bueno, aquí la peonada y el rey han perdido la vergüenza) al proponer que si la Corte declaraba inconstitucional la reelección, entonces habría que llamar a la desobediencia civil. Pobre Thoreau, su inteligente creación vilipendiada por un patán. Y, antes o después de aquellas presiones, un pariente del Presidente, hoy preso por parapolítica, llamaba a que si no se aprobaba la reelección, había que desconocer el fallo.

El ánimo de perpetuarse en el poder carcome desde hace rato al príncipe y sus correligionarios. Y a veces, cuando las brasas comienzan a chamuscarlos, aparece algún enviado para decir que hay que disolver el uribismo, ese mismo que tiene a decenas de sus exponentes acusados de concierto para delinquir.

Claro que se ha profundizado la democracia. Es, si no memorar, por ejemplo, los cierres de hospitales, el marchitamiento del Seguro Social, el sofocamiento de las protestas populares (¿se acuerdan cuando a los manifestantes contra el TLC en Cartagena el Gobierno los tildó de “salvajes”), el asesinato de tres sindicalistas en Caño Seco, Arauca, por parte de militares, los despidos masivos en Ecopetrol y otra serie de actos aberrantes contra la población. Bueno, se dirá que esto es historia patria.

Ahora, cuando la que el apoderado del Presidente señalara como “psicópata criminal”, comienza a mostrar cómo para la reelección inmediata se “persuadió” con gabelas, prebendas, notarías, para conseguir un “votico” para reformar la Constitución, va quedando en evidencia lo que hace rato era una realidad: el régimen colombiano lo que sí ha profundizado es la corrupción y la politiquería (¿o será parapolitiquería?).

Una denuncia pública señaló que la Presidencia de la República prohibió el evento denominado “Sin dignidad y libertad para los pueblos, no hay democracia”, de las víctimas del paramilitarismo en Medellín, que se iba a realizar este martes al cierre de la Asamblea General de la OEA. La tan cacareada “profundización” de la democracia tiene que ver, eso sí, con el desprecio por los pobres, los trabajadores, los desplazados. Y con invisibilizar a las víctimas. Ah, y con la “persuasiva” compra de conciencias para la reelección.

 

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