Por: Carolina Sanín

Michael Jackson

Desde que Michael Jackson murió, sólo quiero hablar de Michael Jackson.

Contesto una llamada de larga distancia y pongo el tema. Mi interlocutor responde comentando sobre la pedofilia del personaje, sobre lo bien que bailaba, sobre su ambivalencia con respecto a su raza.

Pero a mí no me interesa entrar en esos asuntos, y entonces me parece que no quiero hablar de la vida sino de la muerte de Jackson: de esa muerte con opiáceos que imagino entrando en la vida y quedándose junto a ella en la continuidad del sueño. Luego veo que tampoco de ella tengo nada que decir. Y sin embargo, insisto en mencionar a Michael Jackson.

Mi interlocutor empieza a pensar que estoy confundida, por así decirlo. Ni siquiera me gusta mucho la música pop, y hay tantos temas más interesantes o urgentes de los que podríamos hablar: el golpe de estado en Honduras, por ejemplo. ¿Por qué entonces mi impulso de mencionar al personaje, como si quisiera dejar constancia de mi duelo por un pariente? ¿Acaso qué tengo que ver yo con el muerto?
 
Siento que lo que tengo que ver con Michael Jackson atañe a la posibilidad misma de la conversación a distancia entre mi interlocutor y yo; a la insustancialidad permitida del contacto social. El signo en torno al que hablamos sin decirnos nada convierte nuestro intercambio en una conversación familiar. Tal vez ésta sea una función de evocar a las celebridades: la de generar la sensación de vínculos de parentesco entre los espectadores, así como a través de la imagen de la familia real se generaba la imagen del reino como una gran familia.

Ahora bien, sobre la muerte del rey no hay nada que decir. Esa muerte sólo se enuncia como un pretexto: “El rey ha muerto, que viva el rey”. Cuando el rey muere, es que sigue vivo: el momento de su deceso coincide con el de la nueva coronación. Cada rey vive desde su muerte hacia su muerte, en una muerte que se cancela mutuamente con la vida y que asegura la sucesión, la existencia de la monarquía.

La vida de Michael Jackson parecía estar particularmente al tanto de la analogía entre el rey y el ídolo contemporáneo del entretenimiento. El rey del pop se casó con la hija del rey anterior, el del rock and roll, Elvis Presley. Adornó los nombres de sus dos hijos varones, Michael I y Michael II, con el título “Prince”. Como su antecesor, sufrió la muerte imprecisa de la intoxicación. Buscó pasar al otro lado de su naturaleza y su individualidad, tocando el extremo de la literalidad al tratar de borrar su piel, su contorno. En el video de “Thriller”, el baile lo transformaba en un muerto viviente.

Parece como si, con esas elecciones, Michael Jackson estuviera exponiendo la “crítica” de la muerte en la que coinciden la monarquía y el star system; esa muerte en vida y esa vida en muerte que es condición de la celebridad en general y fue contenido de sus excentricidades en particular. Quizás sobre esa versión de la muerte no se pueda elaborar gran cosa con palabras. Quizás ella sea prerrogativa del ícono; el ícono que evoco aprovechando la ocasión del falso duelo para emparentarme con mi interlocutor.

 

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