Por: Juan David Ochoa

Miedo en la Corte

La Corte Suprema de Justicia sigue postergando el llamado de indagatoria a Álvaro Uribe Vélez por fraude procesal y soborno, un proceso que ha sido ultrajado por sus bastiones desde sus inicios aunque los audios en que su voz aparece pactando con el hampa hayan sido evidentes. La dilación y negligencia de la Corte en un caso plagado de obviedades y pruebas reinas solo puede explicarse desde el temor y el pánico de la institución a un político que ha demostrado usar la tradición de su poder y su imagen a su antojo, contras todos y contra todo, calumniando y escupiendo a discreción y destruyendo toda la estructura de la división de poderes a su conveniencia. 

Lo seguirá haciendo cada vez más mientras sienta que su prestigio y su aura sobrenatural estén siendo cuestionadas y sobresalgan testigos anómalos de cuando en cuando a señalar sus antiguos excesos olvidados y sus órdenes que agigantaron la hecatombe. La Corte Suprema teme, tal vez, un discurso violento del caudillo que impulse una rebelión inmanejable y una presión progresiva contra su statu quo y su tradición de pacifismo en las estratósferas teóricas de la ley, y ese viejo dominio se vea socavado por la presión insistente en los restantes tres años del ejecutivo, un periodo suficiente para destruirlo todo si un fallo condenatorio contra el más incuestionable de esta historia sacramental resulte inevitable. Parecen entonces estar cuidando su propia tranquilidad aunque el cumplimiento de la ley y sus juramentos se vean traicionados, y los viejos antecedentes de la genuflexión ante el poder del crimen organizado vuelvan al poderío de su dominio. Han demostrado cierto equilibrio hasta donde el miedo parece sugerirlo: negaron las intenciones dictatoriales contra el reglamento legal de la JEP y han condenado nombres relevantes en sus jerarquías que siguen organizándose al ritmo de las pérdidas, pero nunca han demostrado verdaderas intenciones de cumplir con la ley ante las altas esferas, donde el delito campea con pruebas flagrantes y un cinismo desafiante y temerario. Óscar Iván Zuluaga y el caso Andromeda nunca pasó de ser un ruido entre despachos y un chisme de fugas y retornos aunque un video demostrara sin fallas su rostro y sus instrucciones. Santiago Uribe sigue gozando de los plazos a un próximo vencimiento de términos ante la gracia de sus abogados estelares, y el nombre mayor y central solo ha cumplido con los llamados temerosos de la justicia para hacerse embolar sus zapatos no sin antes amedrentar la estabilidad general con arengas y señalamientos peligrosos.

Justo ahora tienen el camino arado para nombrar un fiscal a su gusto después de tumbar el decreto que imponía una elección entre una terna que intentaba matizar los designios autocráticos de un poder sin control, y aunque haya salido de esa terna justo y curiosamente el peor de todos los fiscales históricos, podrá ser elegido ahora un verdadero inquisidor, un fiscal más oscuro que trabaje exclusivamente para la persecución y ahonde el encubrimiento de las investigaciones arrumadas entre todas las sombras. Todo sucede en el marco de la extradición de Andrés Felipe Arias, el reo que vendrá a cumplir su condena con las presiones del gobierno que intentará asignarle una caballeriza a la altura de su honor, mientras la Corte sigue temblando de nervios ante el nombre más peligroso del siglo. 

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2019-07-13T00:30:10-05:00

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