"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Por: Diana Castro Benetti

Miedos y mieditos

Los miedos nacen sin que haya que ponerles fertilizantes.

Son enemigos invisibles, pero dolorosos que permean nubes, caderas, esfuerzos y sociedades. Algunos son males ligeros que aparecen en las calles solitarias o cuando las sombras ocupan sus esquinas. Mieditos que dan risa, afectan las tripas y arman barullo cuando el silencio es ley. Hay otros que se narran antes de acostarse disfrazándose de los más feos para hacerle burla a la alegría y muecas al aburrimiento. Muchos se transfieren con la paranoia o los genes de toda bancarrota y fracaso.

Y es que el miedo, con sus múltiples caras, es un rey popular porque no depende de noches, serpientes o desamores. Tampoco tiene reparos en exclusiones, pérdidas, enfermedades, muertes y soledades. El miedo es simple y laborioso, se instala para repartirse sin medida o habitar en cuerpo propio y ajeno.

Y hay miedos que son de peso. Tienen dueños, culpables, intereses oscuros y tecnologías privadas; usan artimañas y poco saben de pudores. Pisan fuerte, huelen feo y machacan callos. Estos miedos tienen sus abonos ácidos y dan resultados a la hora de crear temores. Es un miedo con estrategia que atormenta, mensaje que asusta, rumor que socava, detalle que aterra. Desasosiego del que son presos los inocentes.

Y somos miedosos desde siempre cuando se apagaba el fuego o desde mañana cuando la época decida cambiar. El miedo se nos cuela, se diluye en la sangre y se arraiga en proteínas, melaninas y tiaminas. El miedo existe porque está en el otro; el miedo es una trampa porque le creemos sus mentiras. Con miedo se sobrevive y sin él se pierden los sentidos. Miedos y mieditos que nos rondan cuando somos pequeños o llegamos al éxito, cuando estamos en paz y serenos o cuando nunca hemos dormido profundo. Cada acto, mirada, palabra, sensación que sea cómplice del miedo es un aviso, una amenaza, un chantaje, una coacción; cada compinche un malhechor.

Pero miedo es miedo y nos persigue desde el primer respiro. Cada quien le cree, lo venera o le obedece. Cada quien deja que se apropie de cuerpo, casa, calle y ciudad. El miedo corta la respiración, ataca la vida y enferma. Paraliza. Y es así como se adjudica el derecho a engullir vidas, sonrisas y bienestares. Se adueña de sueños, deseos y posibilidades. Hace desaparecer la magia y las casualidades. Devorador imparable. El miedo como único enemigo de un mejor futuro, merece el destierro.

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