Por: Patricia Lara Salive

“Mientras agonizo”

Como al escribir esta columna aún no sé cómo va a acabar el tránsito que por este Congreso inconsciente y politiquero han tenido los proyectos derivados de los acuerdos de paz, voy a dejar ese análisis para la semana entrante.

Hoy les hablaré de un tema que me obsesiona y en el que radican, a mi juicio, los principales errores de interpretación de la realidad de este país, cometidos tanto por opinadores como por ciudadanos del común, los cuales llevan a que en Colombia sucedan absurdos tan incomprensibles para el mundo como ese de que, en un plebiscito, se le dijo NO a la paz.

Me refiero a la ausencia casi absoluta del reportaje en los medios. Ya aquí no se cuenta el cuento de lo que ocurre, como tanto insistía García Márquez en que debía hacerse. Ya lo que le llega a la gente no es el retrato de la vida nueva que están teniendo los habitantes de las antiguas zonas de violencia, sino las opiniones de los panelistas que participan en las mesas centrales de los noticieros, en las que hay uno de centro, otro u otros de derecha y uno de izquierda. Y todos se interrumpen y dan su interpretación del acontecer sin que nadie les haya contado a los oyentes cuáles son los hechos, y sin que el periodista se haya convertido en esa cámara que debe transmitir la película de la realidad. Entonces la discusión se centra en quiénes son los buenos y quiénes los malos, y algunos acaban comentando olímpicamente que a pesar de que es cierto que a raíz del proceso con las Farc hay menos muertes y desplazamientos, el balance falta por hacerse porque el acuerdo está en proceso de incumplirse. Y eso lo dicen sin pensar en que, si se incumple, no es por culpa del Gobierno que, por supuesto, hubiera podido acelerar ciertos aspectos, sino fundamentalmente por la dinamita que le han metido al acuerdo, la cual lo ha puesto a agonizar por falta de apoyo parlamentario y de sectores desinformados de la opinión.

Y esas opiniones distorsionadas se dan, imagino, porque casi no van reporteros a las antiguas zonas de guerra, porque no se habla con la gente que ha sentido el conflicto, porque no se consuela a las víctimas y no se palpa la alegría de la mayoría de los pobladores de esas regiones que ya dejaron de vivir en su antigua pesadilla sangrienta. Por eso, tranquilamente, priorizan los argumentos jurídicos sobre los humanos; por eso para ellos es más importante el inciso que la vida. (Claro que hay excepciones como las de Alfredo Molano y Salud Hernández, quien tuvo la claridad de dejar su columna para dedicarse a ir a los confines de Colombia a contarnos el cuento).

La semana pasada, a raíz de que la Occidental me invitó amablemente a dictarles a los periodistas de Arauca un taller de reportaje, volví a constatar la abundancia de historias fundamentales que se suceden en las zonas de conflicto y que falta investigar: el robo, año tras año, de gran parte de las regalías petroleras; la explosiva situación de la frontera en la que hasta las prostitutas colombianas sienten competencia desleal por parte de sus colegas venezolanas; la contradicción en la que viven los periodistas que venden pauta y quieren informar con independencia; y, por supuesto, la buena noticia: que cesó la violencia de las Farc, que el Eln está cumpliendo la tregua y que, si en el Congreso y en los medios no se tiran la paz, se acabaron los muertos, o ese tipo de muertos, por lo menos.

¿Luego no era ese el propósito principal del acuerdo de paz?

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