Por: Ignacio Zuleta

Mientras saquemos resuello (I)

Aprender a respirar cambia la vida. Una de las más valiosas enseñanzas que Oriente le recuerda a Occidente en su intercambio de saberes es el vivo conocimiento de esa función fisiológica fundamental que es el sinónimo mismo de la vida: la respiración.

Las técnicas de respiración han sido estudiadas desde hace miles de años con una precisión y una profundidad extraordinarias, especialmente en la India. La ciencia occidental contemporánea, con respecto a este misterio de inhalar y exhalar parece quedarse en los rudimentos si la comparamos con los descubrimientos de los antiguos, que han descrito con minuciosidad las posibilidades y sutilezas de este acto que parece tan sencillo y que tan a menudo damos por sentado. Hay pranayamas (así se llama la rama que estudia el tema) para energizar, para calmar, para equilibrar, para calentar, para refrescar, para meditar, etc.

Los estudiosos de la respiración en todas las civilizaciones descubrieron dos cosas importantes de las que se derivan consecuencias fundamentales para la vida cotidiana. La primera, que las fosas nasales tienen un ritmo biológico que las hace alternar cada ochenta minutos aproximadamente; la segunda, que esa alternación —estudiada en Occidente hace cincuenta años con el nombre de “rinitis alterna”— afecta directamente la preponderancia de los hemisferios cerebrales y los sistemas nerviosos simpático y parasimpático.

Esa preponderancia es cruzada, es decir que si en el momento de leer este texto usted tiene más abierta la fosa nasal izquierda, su hemisferio derecho y su sistema nervioso simpático están activos, su razonamiento discursivo entiende muy bien lo que lee, hay sensación de energía física disponible y predomina una cierta extraversión optimista. Si por el contrario su fosa nasal derecha está más abierta, es posible que su comprensión del texto sea más intuitiva, su sistema nervioso parasimpático está activo y haya una sensación de vitalidad sosegada. Esta situación, si uno está sano, cambia en promedio cada hora y media y en consecuencia a lo largo del día varían el estado de ánimo, las capacidades intelectuales o poéticas y la sensación de vitalidad. Cuando hay desequilibrio, o una obstrucción crónica, la personalidad y la manera de percibir el mundo se afectan de manera negativa pues producen ya sea hiperactivos que no saben descansar o introvertidos pesimistas con poca energía vital.

Y como este ejemplo hay cientos. Se podrían escribir tratados completos, pero por el momento recordemos que el sólo hecho de hacer conciencia de la respiración y observarla es un paso enorme en el manejo de las fluctuaciones de la mente. El yoga, entre otras ciencias, enseña a equilibrar estos procesos con técnicas sencillas como la limpieza de las fosas o la respiración alterna, que ampliaré en una segunda entrega.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ignacio Zuleta

Tu agüita medicada, tu agüita envenenada

Cuando grita el silencio…

Mejor sudor de madre que leche de madrastra