Por: William Ospina

Miles de coranes

EL PASTOR JONES CREE QUE HA QUEmado el Corán. También lo creyó Tamerlán en Aleppo hace siglos, pero el libro sigue vivo y Tamerlán hace mucho recorre la región de las sombras.

Sería bueno que desde todos los lugares del mundo, los amantes de los libros y las personas que respetamos las creencias ajenas, enviáramos por correo electrónico suras del Corán al reverendo Jones, para recordarle que el papel es combustible pero los libros no, que quemarlos o prohibirlos lo único que logra es que se multipliquen, y que la humanidad sabe responder al odio físico con oportunos gestos simbólicos.

Que una avalancha de fragmentos del Corán en todas las lenguas llegue a la iglesia del pastor Jones, para que el reverendo comprenda que no le alcanzarán el tiempo ni el fuego para detener el poder de las ideas y de los sentimientos, que en el mundo viviremos mejor cuando nos respetemos unos a otros.

Un hombre de Illinois soñó hace tiempo con un mundo en que los libros serían quemados, como ya lo intentó un emperador chino hace muchas dinastías. En el relato de Bradbury Farenheit 451, quienes se empeñan en salvar los libros deciden recurrir a un método anterior a Gutenberg: aprenderlos de memoria. Y entonces hay una comunidad en la que un hombre se llama “En busca del tiempo perdido”, otro “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, otro “La Divina Comedia” y, para que el método sea perfecto, presumiblemente otro que se llamará “Farenheit 451”, la temperatura a que arde el papel.

¿Hombres que se llamen “El Corán”, “La Biblia”, “La Torah”, “El Bhagavad Gita”? La verdad es que desde el comienzo de los tiempos ya hubo hombres que aprendieron de memoria sus libros sagrados y se identificaron con ellos. Es muy posible que el reverendo Jones conozca de memoria su Biblia cristiana, y debería saber que no hay manera de acabar con los libros, menos aún con aquellos en los que reposan la fe, la esperanza y la pasión de millones de personas.

 Al Qu’ran Al Karim no es un volumen de papel formado por numerosos planos impresos con los suras que el arcángel Gabriel o Yibril le dictó a Mahomet. El Corán es un hecho de la cultura, la guía de la vida de millones de seres humanos tan nobles, hospitalarios y pacíficos como innumerables devotos de la Biblia, que no participan del fanatismo del doctor Jones o de los fundamentalistas islámicos.

Pero además para los musulmanes el Corán no es un dictado de Dios sino uno de los atributos de Dios, de modo que no corre el menor riesgo de morir en un incendio. Es anterior a las ediciones masivas, anterior a la imprenta, anterior al papel y a la tinta; sin duda sobrevivirá a todas esas cosas, y puede responder, parafraseando un verso de Emerson: “Si intentan quemarme, yo soy el fuego”.

Lo que habría que reprochar al reverendo Jones no es la furia sino la torpeza, la idiotez de pensar que un libro puede ser destruido quemando uno de sus ejemplares. Pero no ignoramos que el reverendo tampoco cree que va a destruir el libro, lo que se propone es ofender a los devotos, provocar la retaliación, encontrar a alguien cuyo odio sea equivalente y salga a matar gentes para vengar las páginas consumidas por el fuego fanático.

Ya lo ha logrado. En el otro extremo del mundo ya han salido sus congéneres a demostrar que la quema de un libro sagrado se corrige con el degüello de unas personas que ni siquiera habrán sabido de esa quema. La insensatez sabe mandar mensajes que la insensatez capta de inmediato en el viento.

No deberíamos hacer caso de esos torneos estúpidos. Pero no es fácil alzarse de hombros ante los absurdos de la historia y hay que encontrar la manera de oponer a la muerte coros de alegría. El reverendo acaso comprenderá un día que no es dando muestras de intolerancia y de odio como nos va a demostrar que los otros profesan una religión del odio y de la intolerancia.

El odio de alguien tan obtuso implica un elogio, y viendo la torpeza y la ceguera con que estos fanáticos intentan sembrar las semillas de la discordia, es posible que muchas personas sensatas decidan interesarse por el libro, por la cultura que lo engendró, por el Dios que lo dictó, por el Ángel que llevó el mensaje, por la cabeza del profeta que lo recogió y hasta por la hermosa lengua en que ocurrieron esos hechos mágicos.

Y logrará tal vez que el Corán se multiplique, que se lo imprima más, que se lo venda más, acaso, incluso, que quienes no lo conocían, sientan curiosidad por él y empiecen a leerlo.

 

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