Por: Sergio Ocampo Madrid

Millennials, mea culpa

Hace casi un año y medio escribí una columna en la que cuestionaba a la llamada generación Millennial por sobreprotegida, por cómoda, inconstante, superficial. Me cayeron rayos y centellas, críticas muy duras, algunas inteligentes, otras muy tontas, otras tan vagas y débiles como aquella de “no generalice, que yo soy así”.

Para ese momento, avanzaba yo en una novela sobre una historia de amor entre un hombre que hoy tendría 28 años y una mujer de 25, o sea dos millennials, de clase alta, muy alta, malcriados, narcisistas, fatuos y de cierto modo echados a perder. Solo después de culminar el trabajo, hacerle la profunda revisión final, el proceso de edición, empecé a encontrarme de frente con una cantidad de mensajes entre líneas, insinuaciones, susurros inconscientes, conclusiones, lecturas y semánticas posibles. Por eso quiero confesar que después de haber hecho esa inmersión profunda (anímica e investigativa) en esta generación, hoy tengo una lectura distinta sobre ellos, más completa, más acabada y dialéctica, y que varios de mis supuestos iniciales cambiaron de manera radical.

Tal vez nunca a una generación le correspondió ser antecedida por tantos cambios tan abruptos y veloces: legales, políticos, sociales, culturales, económicos, tecnológicos, y todos los anteriores, en un coctel antropológico, creo yo sin precedentes, que apenas comienza a estudiarse y para el que faltan varias décadas de perspectiva. Se cayó el comunismo y dejó reinando solo, y con todos los ases en la mano, al capitalismo más brutal. En medio de esa mezcla de política y economía hubo un estallido tecnológico que socializó de modo bondadoso, como nunca en la historia, la información y el conocimiento pero que a la vez ideó ese pérfido dispositivo llamado “obsolescencia programada” y se inventó una nueva esclavitud. Las religiones entraron en barrena y con ellas retrocedió ese aplastante concepto de la culpa y el pecado.

Pero tal vez lo más importante es que en 1989 la ONU promulgó su convención de los derechos del niño que nos obligó a encarar de un modo diferente la infancia, y que elevó a precepto universal aquello del interés superior de los niños; los niños por encima de todo; los niños por encima de todos. Enhorabuena, el cambio de paradigmas fue impresionante y veloz. Pasamos de los niños invisibles a los niños protagonistas; de los silenciosos a los irreverentes, de los sumisos a los contestatarios, de los periféricos a los que son centro del universo.

Los niños entonces aprendieron a ser niños de un modo diferente, dejaron de ser “personitas” y se empoderaron de su nueva realidad como sujetos de derechos, de derechos absolutos además; absolutos y preponderantes. De allí tenía que surgir una generación luminosa: una más universal y multilingüe, con una relación fluida y sin complejos con el mundo, tecnológica en su cotidianidad y en sus vinculaciones, demandante de respeto, exenta de culpas, comprensiva con la diversidad.

Esa es una de las certezas que me regaló el proceso de construcción y edición de mi novela: los niños aprendieron a ser respetados como niños. El gran inconveniente, el faltante, a mi modo de ver, es que ante esa infancia excepcional, los adultos no dieron la talla. No la dimos. Hemos sido inferiores porque nos rebasaron; porque nos resquebrajaron la convicción de que la adultez es experiencia, sabiduría, información, ese paradigma con el cual pretendíamos compensar lo que se pierde cuando se va la juventud. Hoy la información está a un clic y la experiencia no es equivalente a número de años.

Perdimos el ascendiente psicológico y con ello quedamos perplejos ante el ejercicio de la autoridad, de nuestro papel como orientadores, como guías, como jefes, como profesores, como padres. Y entramos a negociar todo, todo el tiempo, a evitar las confrontaciones, a esquivar las decisiones, los conflictos. Definitivamente, los adultos hemos sido inferiores al momento histórico, y por ello esta generación de los que hoy se acercan a los 30 es excepcional en sus destrezas y potencialidades, en su volcamiento al mundo, pero es frágil, mucho, en su mundo interior, en su resolución de los conflictos, en su tolerancia a la frustración, en su emocionalidad. Criados en la estrategia del reconocimiento permanente, del estímulo, son altamente dependientes del incentivo y de la motivación externa. Si no hay lo uno y lo otro, muchos decaen, claudican.

Y nosotros, entonces, decimos que son inconstantes, inestables, superficiales, y hemos generalizado características de una parte de la población a todo un grupo generacional, de algún modo para no reconocer la responsabilidad que tuvimos en criar a estos chicos egocéntricos.

Egocéntricos, pero el día que se lanzaba mi novela (Es mejor no preguntar…, se llama), el jueves pasado, un grupo multitudinario de muchachos y muchachas, mayoritariamente millennials, marchaba por las calles de Bogotá y de otras ciudades para exigir respeto a la educación pública, para demandar presupuesto y mejoramiento en aquello que es lo verdaderamente primordial en una sociedad, y que propicia cambios consistentes y genuinos. Mis millennials egocéntricos, frágiles, inconstantes, pintan para ser los primeros en la historia colombiana en exigir que los gobiernos comiencen a pagar sus deudas de dos siglos.

También le puede interesar: “Migrantes en EE.UU. y Europa: ¿Por qué los discriminan?” 

 

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